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Y no pasa nada

Creíamos tener una fortaleza. Una Constitución que ataba corto al poder, que repartía la fuerza para que nadie la acumulara entera, que dibujaba el suelo legal sobre el que todos podíamos convivir. Los padres de aquel texto hicieron un esfuerzo ímprobo por meter bajo el mismo techo a todos los españoles, incluso a los que no creían en España ni pensaban defenderla. Generosidad, lo llamaron. Con los años hemos descubierto el reverso: algunos de aquellos invitados aprendieron a usar las instituciones para minar la casa desde dentro.

¿Cómo se explica, si no, que quienes sueñan con trocear el país estén sentados en los órganos donde se decide cómo vivimos los demás? La Carta Magna se escribió con una pizca de ingenuidad: confió en que nadie querría volar el edificio que acababa de estrenar. No dejó centinelas para el día en que alguien decidiera hacerlo con sonrisa institucional.

Miren los presupuestos. La Constitución obliga al Gobierno a presentarlos cada año. Pues llevamos tres ejercicios con las cuentas de 2023 prorrogadas sin que el Congreso haya podido aprobar ni enmendar una sola partida. La obligación –sí, obligación– se incumple a la vista de todos. Y no pasa nada. Mientras tanto, los socios separatistas ordeñan la ubre hasta dejar seca a la vaca común, y a eso lo llaman justicia. Lo que practican tiene otro nombre, y termina en "-ismo": el suyo primero, el de los demás que espere.

Miren cómo se legisla. Normas que condicionan el futuro de nuestros hijos se aprueban a golpe de decreto, sin pasar por el filtro del debate, sin que nadie pueda corregir una coma. El atajo se ha vuelto carretera. Como con la puerta de atrás de la nacionalidad. Más de dos millones de descendientes de emigrantes han pedido el pasaporte español desde el otro lado del mar, muchos sin haber pisado jamás esta tierra. La ley pedía acreditar el exilio; bastó una instrucción administrativa para borrar el requisito. Sin debate, sin enmienda, sin Congreso. Quien lo obtiene entra en el censo. Y vota. Decide quién nos gobierna desde un país que jamás ha sido el suyo y que puede que no sepa colocar correctamente en el mapa. Las consecuencias nadie las midió, excepto quienes las calcularon al milímetro para usarlas en su beneficio.

Esa es la grieta: no faltan leyes, falta el guardián. Una fortaleza sin guarnición es un decorado. Y quien carece de escrúpulos –quien sólo aspira a seguir donde está, cueste lo que cueste– ha aprendido que el muro tiene las almenas vacías. Empuja, y nadie responde. Incumple, y nadie sanciona. Trocea, ordeña, nacionaliza a conveniencia, y el sistema se limita a registrar el daño con buena letra.

Lo más amargo no es el abuso. Es la mansedumbre con que lo aceptamos, la resignación de quien ya da por hecho que el poder hace lo que le viene en gana. Porque, al final, ocurra lo que ocurra, todos hemos aprendido la lección: no pasa nada.

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