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Trileros y trampantojos

España, o cuando el espejismo es el desierto

En el oasis de la actualidad, el espejismo es el desierto. Tal reflexión no es una metáfora, sino que se antoja el titular del parte meteorológico. Cada mañana amanecemos con la promesa de agua fresca —titulares y declaraciones solemnes, comparecencias con atril— y al avanzar el día descubrimos que las palabras eran solo tormenta de arena.

El partido en el gobierno se atasca en la cuesta arriba, cargando con una mochila repleta de causas judiciales. Así no hay forma de creer que el agua está a la vuelta de la duna. Mientras tanto, los socios parlamentarios beben de la cantimplora por puro instinto de supervivencia. Y cada trago cuesta un elevado precio. Hoy sostienen al líder; mañana, cuando cambie el viento, ofrecerán su cabeza como ofrenda ritual al próximo inquilino de Moncloa.

La oposición, por su parte, señala el horizonte con el dedo tembloroso. Critica el mapa, denuncia que la brújula está trucada, pero no propone ruta alternativa. Se limita a gritar “¡por ahí no!” sin proponer por dónde sí. Es la expedición que vive de denunciar espejismos ajenos mientras monta los propios con palmeras de cartón piedra. Nos ha tocado vivir una época política de trileros y trampantojos.

Y la sociedad, tumbada bajo una sombrilla en alquiler, mastica titulares de los unos y los otros como quien devora dátiles rancios. No cabe duda que en el oasis de la actualidad, el espejismo es el desierto. Y así seguimos avanzando sin rumbo bajo el sol, porque detenerse exigiría ponerse a decidir, y pensar provoca más sed que caminar.

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