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El desmelene del juez Peinado

Un polémico auto judicial de difícil justificación

Al juez Peinado le ha salido contra Begoña Gómez un auto sacramental, un Calderón de la Barca. Como quien deja la llave bajo el felpudo antes de abandonar el juzgado, su señoría acaba de dictar un sorprendente "para lo que me queda en el convento..."

Retirarle el pasaporte, prohibirle salir del país y obligarla a comparecer en el juzgado cada quince días después de dos años sin detectar riesgo alguno de fuga, es una genialidad procesal comparable a ponerle chaleco salvavidas al náufrago cuando ya está seco en la playa.

Al alentar la sospecha de que los agentes encargados de la seguridad de la mujer del presidente del Gobierno podrían facilitar la huida, el juez se convierte en guionista de thriller: policías que, en vez de custodiar, conspiran; escoltas que, en lugar de proteger, facilitan escapadas. Un argumento tan audaz que solo se explica por la influencia de precedentes creativos en la vida pública española.

Ahí está el caso del prófugo Puigdemont, que huyó de la Justicia con la connivencia de agentes de la policía autonómica catalana. Visto así, el desmelene del juez Peinado podría tener lejanísima justificación. Ocurre que comparar a la esposa de Sánchez con el dirigente secesionista huido se asemeja a confundir una novela de misterio con el prospecto de la aspirina.

La doctrina constitucional dice que las medidas cautelares son la “ultima ratio”. El auto de Peinado las convierte en disparatada ocurrencia. No hay riesgo de fuga verosímil, no hay riesgo de destrucción de pruebas —todas obran ya en el sumario—, pero sí existe un riesgo evidente: el de hacer el ridículo jurídico antes de colgar la toga.

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