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La cultura invisible del campo

Contra los tópicos de la forma de vida rural

Nací en Madrid, pero la vida la aprendí en Asturias. La aprendí en un caseríu cerca de Cangas de Onís, Priedamu, donde pasaba los veranos con mis güelos y donde, sin saberlo entonces, se me fue formando la manera de estar en el mundo. Allí no había entretenimiento pensado para guajes. Allí la vida era compartida. Y eso, visto con el tiempo, fue un privilegio enorme.

Mi primer viaje sola en autobús de Madrid a Asturias lo hice con cinco años. El conductor del Alsa conocía a mis padres y durante el trayecto iba pendiente de la "rapacina". Y al llegar a Cangas, allí estaba mi güelu en la parada, con aquella sonrisa tranquila de quien no necesita decir mucho para que todo esté en su sitio.

Y empezaba el verano

Ir a por los huevos. Ayudar a recoger la herba. Andar pendiente por si una vaca iba a parir. Darle la botella con tetina a los xatinos. Echar de comer a los perros. Subirme al tractor. Mirar el cielo y aprender que el tiempo se lee antes de que llegue. Escuchar a los mayores sin que nadie te explique el mundo en versión reducida. Porque el campo enseña sin discurso. Enseña a responsabilizarse pronto. A respetar los ritmos de la vida. A entender que los animales no saben de excusas ni de retrasos. Que cuando toca, toca. Que hay días de lluvia, de cansancio o de frío, pero la vida sigue igual.

Hoy se habla mucho de resiliencia, de valores, de educación emocional. Pero pocas escuelas enseñan tanto como una cuadra asturiana: allí se aprende lo esencial sin nombrarlo.

Y hay algo que me duele del relato moderno sobre el mundo rural: esa mirada condescendiente que lo reduce a algo atrasado o poco cultivado. Como si la inteligencia solo pudiera ser la que se escribe en libros o se certifica en un aula.

En el campo había –y hay– otra cultura. Una cultura profunda. Una inteligencia hecha de observación, experiencia y memoria. Saber cuándo cambia el tiempo. Saber cuándo una vaca está incómoda. Saber conservar, prever, reparar, decidir. Saber vivir sin margen para la improvisación vacía. Eso también es conocimiento. Y de los serios. Y luego estaba la otra mitad del mundo.

Candás

Allí me esperaba mi güela paterna, doña Florentina, maestra nacional, lectora incansable. En su casa los libros eran parte del aire. Se regalaban como quien comparte algo necesario. Había conversación, curiosidad, preguntas. Otra forma de abrir el mundo, no menos rigurosa, no menos exigente.

Y yo crecí entre esas dos sabidurías sin ver contradicción alguna. La del campo y la de los libros. La de las manos y la de las ideas. La de lo concreto y la de lo abstracto. Dos formas distintas de inteligencia que se necesitaban, aunque nadie lo dijera en voz alta.

Con el tiempo entendí que esa combinación no era habitual, y quizá por eso la valoro tanto. Porque me enseñó a respetar lo que se hace y lo que se piensa.

Hoy, cuando escucho hablar del mundo rural desde lejos, echo de menos esa verdad sencilla que yo conocí de cerca: que la tierra no es un decorado, ni un concepto romántico, ni una postal. Es trabajo diario. Es conocimiento acumulado. Es una forma de vida que exige una dignidad que no siempre se reconoce.

Asturias no es verde por estética

Es verde porque hay gente que la sostiene cada día con su trabajo silencioso. Y quizá por eso el mundo ganadero merece algo muy simple y muy difícil de conseguir: respeto real. No idealización. No discurso. Respeto. Porque sin ellos, no solo se pierde una economía. Se pierde una manera entera de estar en el mundo.

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