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Una sentencia ejemplar

La dura condena impuesta a Ábalos y Koldo contrasta con la reducción de la de Aldama por colaborar con la Justicia

La sentencia del «caso mascarillas» va más allá de una condena penal. Supone un acta de acusación moral contra una forma hedionda de ejercer el poder. El fallo judicial que afecta a Ábalos, Koldo y Aldama es duro porque el daño fue profundo; pero también pedagógico porque deja claro que la corrupción no se mide solo en comisiones y mordidas, sino en demolición institucional.

La rebaja de pena a Aldama, que sale muy bien parado por colaborar, no es clemencia sino una advertencia: cantar la Traviata, salva; el silencio musical, penaliza. Tirar de la manta no es traición: es el flotador del sálvese quien pueda. Si habla «Julito» tiembla Zapatero. Si lo hace «la fontanera», revienta las cañerías

La Sala acierta cuando va más allá del balance económico y pone el foco donde más duele: la corrupción como dinamita de la confianza ciudadana. No es un simple delito patrimonial, dice el tribunal, sino una quiebra del modelo mismo de gestión de lo público. Traducido: cuando el Estado se usa como botín, la arquitectura democrática se resquebraja. Se rompe la idea de que las instituciones sirven al interés general y se instala la sospecha de que sirven a redes privadas, opacas y voraces. Ese es el verdadero coste, el que paga toda la sociedad.

Esta sentencia ejemplar abre una grieta incómoda en el relato político y deja un mensaje sin anestesia desde la judicatura: quien convierte el poder en negocio personal no solo delinque, erosiona también la democracia. Y, a la larga, ese resquebrajamiento se paga más caro que cualquier condena. n

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