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Zumbido de colibrí

Un día mi madre que parecía distraída (pero no lo era) dijo así, de repente, que quería un libro de Santiago Carrillo. Y lo tuvo. Con dedicatoria. Yo fui tan discreto porque don Santiago era portavoz de un enigma, a saber, que siempre es duro fiar la dificultad de la supervivencia, cuando eso depende de una minoría muy minoritaria, y no por mil hectáreas de tierra de jamones ibéricos. Carrillo aguantó aunque hiciera falta disolver la imagen de la sacrosanta lucha clandestina. Ese era el misterio.

No era algo físico, prueben, prueben. A qué ahora no parecen los buenos cristianos tan buenos como hace un par de semanas. Perdón, no quiero ofender a nadie, hablo de sensaciones, pero eran los católicos quienes sobreactuaban supongo. Esos mismos cristianos han castigado las lumbares de los más obsequiosos, algo muy humano en unas inmatriculaciones sin destino conocido, con decenas de noches sin sosiego, protagonistas sumergidos y abusos de los más pequeños.

Sin embargo, el asunto no llegaba, ni mucho menos, a inquietantes para la mayoría. A las diversas iglesias americanas se deben no solo una buena parte de las arquitecturas, en sentido literal, sino a usos y derechos exigidos con inteligencia e ingenio por lo general. En la lucha contra los imperios portugués y español hubo fortuna. Los indígenas lograron una lengua cooficial propia en Paraguay: el guaraní.

Las luchas de nuestros imperios en Ormuz, península de Arabia, no sé si habrán tenido más suerte que los lectores del periódico. Debe de ser muy duro continuar el trabajo de demolición de los bloques como la OTAN. Quiero decir, proseguir con esa tarea que no fue nada fácil pues de repente vimos a los cazas de la OTAN masacrando las posiciones serbias y mucho más recientemente esos mismos aviones hacían vuelos rasantes y dejaban una estela de humo en las plazas del Báltico. Espero que nuestros soldados estrenen en estos días nuevas cornetas y fragantes gallardetes, hace decenios que las bases americanas parapetadas en Cádiz o por ahí han salido a las calles para disipar el hálito de la descomposición. Falta hace.

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