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Opinión

Mi vida con un censor

El color de lo prohibido durante una infancia en la dictadura franquista

Mi infancia fue la de ser un niño enviado de un lado a otro que nunca entendió el porqué de ese trasiego. Uno de esos vaivenes me llevó a vivir, cuando tenía diez años, con una tía abuela casada con un censor de la dictadura franquista, aquella opresiva dictadura que entonces padecíamos.

A pesar de tener dos hijas ya mayores, aquel personaje ejercía de delegado en la ciudad de una cosa que se llamaba "Frente de Juventudes". Lo de "Juventudes" no lo pillaba, dada su edad; pero lo "del Frente" me parecía clarividente, pues lucía un amplío territorio frontal que se expandía por el resto de su cabeza carente de vegetación.

Aquel censor, con el que me tocó vivir durante dos años, era un hombre adusto, severo, riguroso, metódico. Muy alto y agobiante fumador. Siempre se me aparecía envuelto en una nube gris blanquecina. Su presencia se hacía más imponente al venir precedida por un olor fuerte, agrio y persistente. Poseía una voz ronca, como de trueno lejano. Y rara vez descendía de sus alturas para dirigirme la palabra. Se tomaba muy a pecho su cometido. Nunca me pregunté por qué se traía su misterioso trabajo a casa. Lo veía igual que su nube, como algo que formaba parte de su naturaleza.

Tras una siesta de veinte minutos exactos, se sentaba en la gran mesa de la cocina. Colocaba sus papeles en meticuloso orden. Era un maniático del orden. Tuve la posibilidad de observarlo bien de cerca, porque en aquella misma cocina me reservaban un espacio para hacer los deberes en una pequeña mesa auxiliar.

A él parecía gustarle tenerme allí y que lo mirara. Bueno, habría que decir más bien que lo admirara, como al vanidoso con el que se encontró el Principito y le preguntó:

–¿Tú me admiras mucho, verdad?

Al igual que el Principito, yo no sabía lo que significaba admirar, pero sí sabía que aquel hombretón me atemorizaba y me fascinaba a la vez. Me fascinaba, sobre todo, cuando desenfundaba sus poderosas armas de destrucción; quiero decir, sus bolígrafos. Eran de cuatro colores: rojo, negro, azul y verde.

Me sorprendía contemplar cómo los dejaba alineados a su derecha, todos a la misma altura, con un dedo de separación entre cada uno. Lo observaba de reojo, sin que me viera... o eso pensaba.

Me estremecía cuando utilizaba el rojo. Lo usaba cual diestro espadachín siempre preparado para acabar con su enemigo. El rojo discurría rápido y enérgico por los textos escritos, ensartando sin compasión filas enteras de palabras. Y me producía desasosiego, más que nada, porque, al hacerlo, sonreía.

Había mucho rojo en aquellos papeles, mucho.

En mi entendimiento infantil, el rojo era el color de lo prohibido, de lo diabólico. Me preguntaba qué estaría escrito en aquellas hojas para que quedaran más ensangrentadas que un campo de batalla tras un cruento enfrentamiento. Y me cautivaba comprobar la habilidad que tenía él para saber, casi sin mirar, qué perversos párrafos debían ser eliminados.

Por nada del mundo hubiese leído, ni siquiera con permiso, aquellos textos que podían dejarme ciego si posaba mis ojos sobre ellos. Estaba convencido de que había que tener una fortaleza y un superpoder muy especial para ser capaz de soportar su lectura sin sufrir un gran daño.

Mucho tiempo después comprendí que la peor censura es la que nos meten dentro. Por eso, la sombra de los censores, como la de los cipreses del gran Miguel Delibes, es tan alargada.

El azul, el negro y el verde eran, para él, colores más de retaguardia que de batalla. Los usaba para escribir contundentes anotaciones en los márgenes de los folios. Cada color significaba algo diferente, pero nunca conseguí averiguar su sentido.

Sí llegué a enterarme de que la mayoría de aquellos textos peligrosos eran guiones de radio. Lo supe al ser testigo de una breve conversación con su mujer, que solía entrar a ponerle un café silencioso a él, y un vaso de leche con dos galletas a mí. Fue un momento excepcional, pues rara vez conversaban durante aquellas sumisas interrupciones.

Recuerdo aquel breve y significativo diálogo teatral:

–¿Mucho trabajo?

–Bastante. Estos guiones de radio tienen demasiado que podar.

Aunque no sabía qué era un guión ni qué era podar, aquellas frases me quedaron grabadas para siempre en la memoria.

Qué lejos estaba entonces de saber que un censor es un policía de la mente que controla lo que podemos ver, oír, leer y pensar. Qué lejos estaba también de imaginar que una obra de teatro que preparé a mis veintipocos años, iba a ser prohibida una semana antes de su estreno.

Cuando aquello ocurrió, mi tío ya había fallecido, pero estoy convencido de que fue él quien me la censuró antes de su presentación.

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