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La democracia impaciente

Las consecuencias para el Reino Unido y el resto de Europa de la dimisión de Keir Starmer

Hace apenas unas semanas, durante un desayuno institucional en el jardín del número 10 de Downing Street, me llamó la atención la extraordinaria normalidad de aquella puerta negra que tantas veces aparece en las noticias. En Londres uno aprende que el poder británico rara vez necesita levantar la voz. Le basta con un ritual, una fachada discreta y la sensación de continuidad.

Catorce días después, aquella misma puerta se preparaba para despedir a otro primer ministro.

Con la dimisión de Keir Starmer, Reino Unido afronta el relevo de su séptimo primer ministro en apenas una década: David Cameron, Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak, Keir Starmer y quien venga después. La cifra merece una pausa. Siete.

Algunos cayeron por errores propios. Otros por incompetencia. Otros por escándalos. Pero quizá la pregunta más interesante ya no sea por qué cayó cada uno de ellos. La pregunta es por qué todos parecen caer tan deprisa.

Ningún país puede afrontar problemas que requieren décadas si apenas concede tiempo a quienes intentan resolverlos.

Keir Starmer abandona Downing Street menos de dos años después de obtener una victoria electoral aplastante. Y aquí conviene hacer una distinción importante. No está claro que haya tenido tiempo suficiente para fracasar históricamente. Lo que sí parece evidente es que ha sido juzgado como un fracaso.

No son exactamente la misma cosa.

Después de catorce años de gobiernos conservadores, del Brexit, de una productividad estancada, de unos servicios públicos sometidos a una presión creciente, de una crisis de vivienda persistente y de unas finanzas públicas exhaustas, cabría preguntarse qué podía razonablemente arreglar cualquier gobierno en menos de dos años. Sin embargo, el veredicto ya estaba emitido.

Starmer era competente, serio, disciplinado y casi libre de escándalos. Entendía las instituciones. Entendía el proceso. Pero muchos votantes nunca llegaron a entender del todo qué defendía ni hacia dónde pretendía conducir el país. Su gobierno parecía a menudo más gestión que liderazgo. Y en la atmósfera actual, la ambigüedad se ha vuelto casi imperdonable.

El público parece más dispuesto a tolerar el conflicto que la incertidumbre; más dispuesto a aceptar una explicación equivocada que una explicación incompleta. La seriedad ya no basta. La competencia ya no basta. Los ciudadanos quieren saber hacia dónde se dirigen y por qué merece la pena soportar el trayecto.

Quizá por eso prosperan quienes ofrecen relatos simples para problemas complejos. Los culpables son visibles. Los problemas parecen comprensibles. Las soluciones parecen inmediatas. Cada acontecimiento encaja dentro de una misma narrativa.

La simplificación siempre ha tenido atractivo político. Pero en una época de cansancio e incertidumbre, su fuerza es todavía mayor.

Quizá el problema no sea que los ciudadanos se hayan vuelto más egoístas. Quizá el problema es que se han convertido en consumidores.

Durante décadas, la cultura de consumo, la tecnología y las redes sociales han ido transformando nuestra relación con casi todo. Pedimos un coche y aparece en minutos. Una película comienza cuando pulsamos un botón. Un paquete llega al día siguiente. Un mensaje cruza el planeta en segundos. Todo está diseñado para reducir la espera. La política no ha escapado a esa lógica.

Cada vez más ciudadanos experimentan el gobierno como una forma de servicio de atención al cliente. Si el servicio decepciona, cambiamos de proveedor. Si el problema persiste, buscamos otro. Si tampoco funciona, volvemos a cambiar.

La dificultad es que los países no son productos y los gobiernos no son aplicaciones.

Una política de vivienda tarda años. Una reforma educativa puede tardar una generación. La construcción de infraestructuras, la recuperación de la productividad, la integración de inmigrantes o la reconstrucción de la confianza institucional exigen horizontes temporales que ninguna red social está dispuesta a conceder. Pero sería demasiado cómodo atribuirlo todo al algoritmo.

La impaciencia contemporánea tiene también una raíz material.

Durante buena parte del periodo que siguió a la Segunda Guerra Mundial existió una promesa implícita que sostenía la confianza de las democracias occidentales: la siguiente generación viviría mejor que la anterior. No siempre se cumplía de forma perfecta, pero funcionaba como horizonte compartido. Los salarios crecían. La vivienda era accesible para amplias capas de la población. El progreso parecía algo tangible. Desde la crisis financiera de 2008, esa promesa se ha ido debilitando.

Reino Unido no solo ha vivido una crisis política. Ha vivido una larga crisis de expectativas. Según la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria británica, la productividad creció alrededor de un 2,1% anual en la década anterior a la crisis financiera, frente a apenas un 0,6% anual en la década posterior. La Resolution Foundation calcula que los ingresos reales de los hogares crecieron apenas un 7% entre 2009 y 2023, frente al 38% registrado en los catorce años anteriores. Y la vivienda, si se compara no con el pico de la burbuja sino con el mundo que recuerdan muchos padres, ha cambiado de naturaleza: en Inglaterra, una vivienda media costaba alrededor de cuatro veces el salario anual medio a comienzos de siglo; hoy ronda casi ocho veces. Para muchos jóvenes, la casa que para sus padres fue un horizonte natural de madurez se ha convertido en una carrera de obstáculos.

No es solo que los ciudadanos quieran resultados demasiado deprisa. Es que muchos llevan demasiado tiempo esperando.

Ahí está la tensión de fondo. Las democracias occidentales se enfrentan a problemas cada vez más lentos de resolver justo cuando sus ciudadanos son cada vez menos capaces de esperar. La cultura digital no inventó esa frustración, pero la aceleró. La convirtió en ruido permanente, indignación diaria, recompensa emocional inmediata y atención fragmentada.

La democracia necesita memoria; el algoritmo necesita novedad. Por eso, la política se está convirtiendo en una competición desigual entre gestores y narradores. El gestor pide tiempo, explica límites, reconoce restricciones, habla de presupuestos, plazos y consecuencias. El narrador señala culpables, simplifica el mapa y transforma cada acontecimiento en confirmación de su propia tesis.

En ese terreno, el narrador lleva ventaja. No porque diga más verdad, sino porque ofrece algo más rápido que la verdad: una explicación.

Hace más de un siglo, Max Weber describió la política como la lenta perforación de tablas duras. La imagen resulta casi incomprensible en una época acostumbrada a la gratificación inmediata, pero contiene una verdad incómoda: los problemas complejos rara vez admiten soluciones rápidas.

Tal vez la verdadera pregunta detrás de la caída de otro primer ministro británico no sea quién ocupará ahora el número 10 de Downing Street, sino si las sociedades occidentales conservan todavía la paciencia necesaria para gobernarse a sí mismas.

Una democracia puede sobrevivir a malos líderes, a malas políticas e incluso a malas épocas. Lo que resulta mucho más difícil es sobrevivir a una cultura que ha dejado de creer en la espera.

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