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Ecoescuelas por el cambio climático

Sobre la necesidad de una educación ambiental

Los contenidos en educación ambiental están ampliamente introducidos en los currículo de las enseñanzas. Por lo tanto, la escuela es el centro de esa interpretación-interacción con el medio. Si un centro escolar no es sostenible nada se sostiene. Existen programas escolares para medir la huella ecológica del edificio y los usos. Diseñados para la enseñanza, el punto de partida son los proyectos básicos y de edificación que fijan el lugar geográfico donde se levantará el edificio, el suelo geológico y la orientación espacial, así como periodos de retorno en fenómenos atmosféricos.

El código técnico de la edificación deja claro hacia dónde se dirige la eficiencia en todos los órdenes de construcción (por ejemplo, un hormigón ligero capaz de tener tanta o más resistencia al fuego como la argamasa clásica que confiere todas las cualidades físicas a los elementos estructurales armados o no, o la contraria del cemento aluminoso con el que algunos edificios escolares siguen operativos aún en la obsolescencia). La auditoria ambiental escolar incluye consumos de agua, gas, electricidad y fungibles a los que se les une la interpretación del cambio climático, asignatura transversal donde las haya, siendo una cuestión de fe para los educandos dada su edad, pues todos llegaron al mundo con unos grados de más respecto a sus abuelos.

Al colectivo escolar les cae encima un sol de justicia ya en periodos de mayor fatiga, como mayo y junio. Las cámaras de imagen térmica no dejan dudas además del termómetro, hay riesgo a un golpe de calor por mala climatización en interiores y falta de protección en patios de recreo, donde la actividad física suma más grados.

Como todo va por decretos, el último y más controvertido de aplicar estaba en el Capítulo I del Título V del Decreto Ley 14/2022, fechado el uno de agosto cuando estamos cocidos. Entonces alentaban a usar abanicos para el ahorro energético, al punto que había que apagar las luces de los escaparates o dejar las puertas de los establecimientos públicos cerrados para que no entrase el calor, una inventada por crisis.

Las mentes lúcidas que rigen los destinos de la educación deberán reorientar los programas de ecoescuelas hacia una aplicación práctica y familiar como la reconciliación del calendario escolar previendo temperaturas extremas, ponerse manos a la obra en lo que queda de vacaciones para adecuar los centros escolares antes del inicio del curso.

Hay que invertir más en el continente porque si peligra la salud de los educandos los contenidos no se sostendrán.

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