Opinión
Fútbol, banderas y patriotismo
El uso del Mundial para avivar un debate sobre la identidad nacional
Siempre hay quien aprovecha la atención que despiertan grandes acontecimientos para reafirmar sus prejuicios. El Mundial de fútbol está siendo utilizado por opinadores diversos para avivar presuntos debates sobre el patriotismo, la raza, la identidad, el amor a los colores que se representan y otras naderías similares.
Todo empezó con una fotografía tuneada de la selección francesa. En ella se puede ver la formación inicial del equipo, con el añadido sobre cada jugador de la bandera del país de procedencia, de él o de sus ancestros, independientemente de que hubiera nacido en Francia o de que tuviera nacionalidad francesa. El presunto escándalo es que solo hay un jugador blanco, Adrien Rabiot, de inequívoca ascendencia gala, aunque, eso sí, juega en el Milan. Sin embargo, para sorpresa de muchos, no fue Rabiot quien cantó con más entusiasmo "La Marsellesa", sino Désiré Doué, nacido en Angers de padre costamarfileño y madre francesa.
Mbappé aparecía con la bandera de Camerún, Dembélé con la de Mali, Tchouaméni con la de Camerún, Koundé con la de Togo, incluso a Theo, pese a haber nacido en Francia, se le adjudicaba la bandera española. Y así hasta completar el once. El mensaje no incluía ninguna apostilla a la imagen, pero a buen entendedor, pocas palabras bastan. Sólo con el hecho de destacar el origen familiar ya se estaba incurriendo en racismo o xenofobia, al no considerar a estos jugadores como nacionales.
Al calor de la foto de la selección gala, pronto han surgido comentarios elogiosos sobre la coherencia monocolor de selecciones como las de Japón, Corea del Sur, Argentina o Nueva Zelanda, conformadas prácticamente al cien por cien por jugadores del propio país. Hubo quien calificó de Apartheid que no hubiera blancos en la selección de Sudáfrica, ignorando que el deporte nacional es el rugby, practicado sobre todo por la población blanca. Y para coherencia y uniformidad la de la selección de Irán, en la que casi la totalidad de los jugadores besan el Corán antes de saltar al campo.
España tampoco se ha librado de comentarios de ese tipo. Han dado mucho que hablar las botas con las que Lamin Yamal está jugando este Mundial. En ellas, si uno se fija mucho, puede ver dos banderas diminutas de Guinea Ecuatorial y Marruecos, en homenaje a la procedencia de sus padres. Lo que ha acabado por descolocar a todos los tiquismiquis ha sido la diadema con la que el jugador saltó al campo en el partido contra Arabia, adornada con una bandera de España.
Quienes intentan hacer hincapié en estos detalles, que no son más que anécdotas, curiosidades, si no fuera porque algunos pretenden cargarlas de mensajes xenófobos, o incluso racistas, suelen ser los mismos que más ponen el grito en el cielo cuando se pita un himno nacional. Y los mismos capaces de gritar el "musulmán el que no bote" no tan lejano.
En cualquier caso, no es nada nuevo. Algunos aún recordamos la que se lió con Arconada –entonces con ce–, portero de nuestra selección en el Mundial 82, que se celebró aquí. La indumentaria incluía unas medias rematadas en su parte alta por los colores de la bandera española. Pues bien, Arconada, que sustituyó bajo palos al abertzale Iríbar, tenía por costumbre bajarse las medias, lo que fue interpretado como una falta de respeto a la enseña nacional.
El mundial ha avivado también el debate sobre el patriotismo. La teoría dice que los jugadores representan el espíritu nacional del país para el que juegan. Teoría que, por cierto, se ha quedado trasnochada en este mundo regido por la multipolaridad y la multiculturalidad. ¿A quién puede extrañar que Ibrahim opte por jugar con Marruecos cuando España no le llama? ¿O que Lamin juegue con España cuando podía hacerlo con Marruecos?
La realidad es que las selecciones llamadas nacionales siguen las mismas normas que la industria del fútbol actual. Los jugadores se inclinarán por las selecciones que les den más prestigio en sus carreras, no por las que les emocione más el himno. Y los seleccionadores elegirán a los jugadores que más rendimiento den a su equipo y no a los más patriotas. Al fin y al cabo, es una mera cuestión burocrática que solo molestará a los que se han erigido en adjudicadores de DNIs.
Resulta incoherente que a quienes no les molesta que en el Real Madrid apenas haya españoles les indigna que en la selección se incluya a jugadores de ascendencia ghanesa, marroquí o ecuatoguineana. El patriotismo es un concepto obsoleto, por más que uno –lo confieso– se sienta representado en la Champions por Luis Enrique o en el Mundial por el también gijonés Juanjo González, segundo de Luis de la Fuente. Y por más que uno tenga más pasión por los jugadores de Mareo que por los de fuera. La identidad española o la asturiana no existe, existe la identidad de cada uno de los españoles y la de cada uno de los asturianos.
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