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La luna y el dedo

Abunda en la convulsa política española el talento para convertir lo accesorio en esencial y lo esencial en una nota al pie de pagina. En medio de una sucesión de escándalos, condenas, comisiones, grabaciones, adjudicaciones sospechosas, intermediarios con agenda oficial, joyas, etcétera, el gran drama nacional parece ser el pasaporte de Begoña Gómez. La esposa del presidente del Gobierno ha solicitado a la Audiencia que le sea devuelto cuanto antes, "dada la temporada de verano". El argumento posee frescura, no hay que negarlo. Mientras intentamos descifrar el alcance de la última entrega del folletín gubernamental, la conversación pública se desplaza súbitamente hacia la logística de vacaciones de la familia presidencial. El Mediterráneo espera, el Falcon también.

No se trata ya de discutir si existe o no riesgo de fuga, ni de juzgar si las medidas cautelares acordadas por el juez Peinado son proporcionadas. Para eso están los tribunales. El pasaporte de Begoña Gómez es una bagatela: un detalle administrativo elevado a categoría de causa nacional por quienes necesitan desesperadamente que miremos el dedo que señala la luna del proverbio chino. El dedo ocupa tertulias y declaraciones solemnes de la claque sincronizada por Leire. La luna, en cambio, resulta incómoda. La luna consiste en las investigaciones, contradicciones, en los nombres que aparecen una y otra vez en los sumarios y en la sensación creciente de que la corrupción se ha convertido en paisaje, mientras Pedro Sánchez, como el que oye llover, sigue sin ofrecer explicaciones convincentes en el Parlamento.

Entonces aparece Patxi López con su nuevo lema: "Yo, con Begoña". Una consigna que pretende transmitir solidaridad, aunque termine recordándonos aquellas campañas de adhesión inquebrantable. Pronto se imprimirán camisetas, pulseras y gorras. Y, mientras tanto, los ciudadanos conscientes seguirán preguntándose sobre la luna a la vez que los necios se dedican a mirar el dedo. De manera sectaria, claro.

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