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El tren, al trantrán

El ferrocarril de las promesas incumplidas o demoradas no avanza en Asturias

El ferrocarril en España se parece al argumento de una novela de realismo mágico. Uno compra un billete creyendo que va a viajar en tren y acaba participando en una performance sobre el tiempo, la resignación y la espera. Es como traer en el tren de la Semana Negra de una tacada a Miguel Ángel Asturias, Octavio Paz y Vargas Llosa. O sea, un cuento de Cortázar distribuido por el Ministerio de Transportes en hojas volanderas.

España presume de alta velocidad, subcampeona mundial detrás de la omnipotencia china, mientras el resto de la red avanza a ritmo de caracol con resaca. Se anuncian inversiones históricas, modernizaciones sorprendentes y planes estratégicos que suelen terminar en el andén, echando la vista al panel de retrasos como quien consulta un horóscopo obtuso. “Demorado”, “incidencia técnica”, “causas ajenas a la compañía”: así se escribe el haiku ferroviario contemporáneo. El ferrocarril español no fracasa, persevera en el error, convierte lo cotidiano en escándalo. Con un ministro que se pasa de frenada.

Lo de Asturias, mientras tanto, merece mención aparte. Prometieron convoyes nuevos y entregaron una entelequia filosófica: trenes que no caben por la puerta de los túneles, un concepto revolucionario que desafía siglos de ingeniería básica.

El resultado es evidente: retrasos innumerables y sobrecostes. Y mientras tanto, los viajeros asturianos siguen practicando el deporte autóctono en el que siempre somos favoritos: lanzamiento de piedras contra los incumplimientos. No es que el tren llegue tarde, es que en este país ya no quedan guardabarreras.

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