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Aparcando a los hijos

Empiezan las vacaciones escolares y cada año se repite el ritual; las aulas se vacían, las mochilas quedan arrinconadas y miles de familias se enfrentan a una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué hacemos con los niños durante los próximos dos meses? Y llegan los debates de siempre. Que si los colegios debieran abrir en julio, que si los profesores tienen demasiadas vacaciones, que si hay que facilitar la conciliación. Lo escuchamos cada verano con la misma intensidad con la que, en septiembre, olvidaremos haberlo discutido. Sin embargo, quizá llevamos años mirando el problema por el extremo equivocado.

Siempre pensé que conciliar significa acomodar el trabajo a la vida y no la vida al trabajo, acompañar a los hijos durante una parte razonable de su infancia compartiendo sobremesas, tardes de piscina, conversaciones sin reloj y esos pequeños momentos que parecen insignificantes hasta que desaparecen para siempre.

Porque la infancia tiene una cruel particularidad: sucede una sola vez y además a una velocidad vertiginosa. Un día los llevas de la mano al colegio y al siguiente ya no quieren que los acompañes hasta la puerta. Un verano les construyes castillos de arena y al siguiente prefieren quedarse con los amigos. Cuando quieres darte cuenta, las fotografías del móvil se han convertido en el archivo de una vida que pasó demasiado deprisa.

Por eso me resulta inquietante escuchar cómo hablamos de los niños durante estas fechas, porque a menudo no discutimos sobre cómo disfrutar más tiempo con ellos, sino acerca de dónde colocarlos mientras seguimos atendiendo nuestras obligaciones. Como si la cuestión principal fuera encontrar aparcamiento para esos dos meses incómodos que alteran la maquinaria de la producción.

Los pequeños no necesitan necesariamente más actividades, más campamentos, más horarios o más pantallas. Lo que necesitan, muchas veces, es algo mucho más sencillo y escaso: tiempo. Tiempo de sus padres, de sus abuelos, de una familia que pueda sentarse a comer sin mirar el reloj. Tiempo para aburrirse incluso, que también es una forma de crecer.

Vivimos en una sociedad que proclama la importancia de la familia mientras organiza casi todo de espaldas a ella. Jornadas interminables, horarios partidos, desplazamientos diarios, teléfonos que convierten cualquier momento en tiempo laboral y una sensación permanente de urgencia que nos acompaña incluso cuando estamos en casa. Después nos sorprendemos de no llegar a todo.

Quizá el verdadero problema no es que los niños tengan demasiadas vacaciones, sino que los adultos tenemos demasiado poca vida. Hemos aceptado como normal un modelo que nos deja exhaustos y que nos obliga a elegir constantemente entre estar presentes o cumplir con las exigencias diarias. Y mientras debatimos sobre calendarios escolares, los años siguen pasando.

Los hijos crecen. Los padres envejecen. Los abuelos faltan. Los veranos se acumulan unos encima de otros hasta que un día descubrimos que aquello que pensábamos hacer cuando tuviéramos tiempo era precisamente lo que daba sentido al tiempo, y comprendemos finalmente algo que quizás siempre supimos: las cosas más importantes de la vida rara vez son las urgentes. Y las urgentes, casi siempre, nos roban las importantes.

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