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El bochorno que no marca el termómetro

El estupor en Europa ante la profunda crisis política de Sánchez

Esta semana España suda. Los termómetros marcan récords, las ciudades se vacían en las horas centrales del día y los informativos abren con mapas teñidos de rojo. Pero hay otro bochorno, más incómodo, que no aparece en ninguna aplicación meteorológica. Es el que España arrastra estos días en Bruselas.

Lo he comprobado esta semana en los pasillos del Parlamento Europeo. Entre votación y votación, compañeros populares alemanes, holandeses o suecos me preguntaban por la situación política española. Lo hacían con educación, incluso con cierta incredulidad. Querían entender qué estaba pasando.

Y confieso que cada vez resulta más difícil de explicar. Porque el problema ya no es un escándalo concreto. Es la acumulación. La sensación de que cada semana aparece un nuevo capítulo y de que lo extraordinario ha pasado a ser lo ordinario.

La preocupación, además, no se limita a la política nacional. También se percibe en la posición que España proyecta en Europa. El jueves, durante la cumbre de líderes europeos, Pedro Sánchez volvió a quedarse aislado en varios debates clave. Primero, en materia migratoria. Dirigentes europeos (Meloni, Merz, Frederiksen, Magyar, De Wever...) le reprocharon que la regularización masiva impulsada por España tendrá consecuencias más allá de nuestras fronteras y puede afectar al conjunto de la Unión. Mientras diecinueve países piden endurecer y acelerar los mecanismos europeos para gestionar la inmigración irregular, el Gobierno defiende en solitario el camino contrario. La respuesta del presidente provocó más desconcierto que simpatía: "Si tienen dudas, que hablen con el Vaticano". Como lo oyen.

Horas después llegó el debate sobre China. Mientras Francia, Alemania y la Comisión Europea endurecen su discurso ante un déficit comercial que ya ronda los mil millones de euros diarios, España insiste en ejercer de puente con Pekín. El resultado vuelve a ser el mismo: una creciente sensación de distancia respecto al consenso europeo.

Tampoco ayudó el debate sobre defensa. La práctica totalidad de los aliados han aceptado avanzar hacia mayores compromisos de inversión, pero el secretario general de la OTAN ha tenido que salir públicamente a aclarar cuál es la posición española. La impresión que queda entre nuestros socios no es precisamente la de un país liderando las grandes conversaciones europeas.

Y entonces aparece el elefante en la habitación: la corrupción. La prensa europea lleva semanas haciéndose eco de la trama interminable que envuelve a Sánchez. También los corresponsales en Bruselas comentan las investigaciones, las grabaciones, las dimisiones, las condenas y las ramificaciones políticas con una mezcla de sorpresa y perplejidad.

Cuando un colega extranjero te pregunta qué está pasando, uno intenta resumirlo. Pero pronto descubre que no existe una versión corta. Lo cuentas despacio, casi esperando que la lista termine en algún punto. Pero no termina. Le explicas que la mujer del presidente del Gobierno está imputada. Que su hermano está investigado. Que su mano derecha, exsecretario de Organización y ministro de mayor confianza ha sido condenado a 24 años de prisión. Y entonces llegas a Zapatero, expresidente y referente moral de la izquierda europea durante años, y sale el tema de las joyas olvidadas en su caja fuerte o sus conexiones con China y Venezuela. Ahí es donde de verdad se levantan las cejas.

Y mientras todo esto ocurría, el presidente del Gobierno publicaba en redes sociales un vídeo recomendando beber agua, usar crema solar y evitar hacer deporte en las horas de más calor. Consejos sensatos, sin duda. Pero la coincidencia resultaba inevitablemente llamativa. Ni una palabra sobre la sentencia. Ni una palabra sobre Zapatero. "La emergencia climática no es ninguna broma", advirtió, muy serio, en mangas de camisa. Tiene razón. No lo es. La política española, en cambio, cada día se parece más a una.

Lo preocupante no es el calor de estos días. Lo que deja huella es otra cosa: el profundo deterioro institucional y el daño reputacional que sufre un país como el nuestro cuando sus socios empiezan a hablar de él por las peores razones posibles.

Y quien paga esa factura no es Moncloa. La pagan territorios industriales como Asturias, que necesitan una España fuerte y creíble para defender en Bruselas la transición justa, el apoyo a nuestra industria o los fondos para la descarbonización. Cuando tu propio país es la comidilla por las razones equivocadas, te quedas con menos margen para pelear por las razones correctas.

Mientras tanto, el bochorno seguirá ahí, aunque bajen los grados.

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