Opinión
Democracia exhausta
Los nocivos efectos de la corrupción política en la ciudadanía
La degradación de la vida política española se extiende como una mancha de chapapote sobre el océano institucional. El espectáculo se repite con regularidad en el Congreso: palabras gruesas, invectivas, abucheos y carcajadas, sin rastro de sentido de Estado. La democracia no solo está amenazada; parece exhausta, cansada de servir de coartada a quienes la invocan mientras se reparten la tela. Los mismos que, durante años, han erosionado el legado de la Transición hasta dejarlo reducida a un cascarón retórico.
En este maremágnum de corrupción y tacticismo, la política se ha convertido en una prisión sin barrotes. Casi cincuenta millones de ciudadanos asistimos, cautivos, a la descomposición moral de quienes dicen representarnos. Dentro, el poder se felicita por haber sobrevivido un día más; fuera, la desafección crece como óxido en una verja descuidada.
La legislatura respira conectada a un pulmón artificial. La obsesión del presidente no es gobernar, sino resistir. Ganar tiempo, aplazar el final, sostener la estructura aunque el edificio se abandone a la carcoma. Da igual el precio y el desgaste institucional.
No hay inocentes. El seguidismo cobarde, el silencio pactado y la ausencia de debate han convertido a los partidos en estructuras huecas. La política ha dejado de ser servicio para convertirse en manual supervivencia.
La sensación es de encierro, pero la condena no es inevitable. La democracia no muere atacada, sino por abandono. Y cuando quienes la ocupan olvidan a quién pertenece el poder, es obligación de la ciudadanía recordárselo.
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