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La fragilidad de los vínculos

Acerca de las relaciones personales

Hay personas que entran en tu vida como si siempre hubieran estado ahí. Ocupan espacio en tu mesa, en tus conversaciones, en el silencio cómodo de las tardes largas. Y entonces, un día, sin que haya mediado pelea, sin reproche, sin ningún portazo que anuncie el final, desaparecen. Se marchan. Como si nunca hubieran estado.

No hay ruptura. No hay explicación. Solo una ausencia que crece despacio, casi sin que te des cuenta, hasta que un día miras y ya no están. Y te quedas ahí, con la pregunta flotando en el aire: ¿qué hice? ¿Qué no hice? ¿Qué fue lo que falló?

Quizá es algo mío. Tengo un punto neurodivergente que me hace procesar el mundo de una manera algo distinta, y una de las cosas que me resulta genuinamente incomprensible es la ausencia sin causa. Mi mente necesita lógica, necesita una cadena de acontecimientos que explique el antes y el después. Una pelea tiene sentido: hay un conflicto, hay palabras, hay consecuencias. Pero el silencio que llega sin motivo aparente me descoloca de una manera difícil de describir. Me quedo dando vueltas a conversaciones que no existieron, buscando el momento exacto en que algo se rompió sin hacer ruido.

Y sin embargo, la vida está llena de esto. De personas que comparten solo un tramo del camino. Que aparecen en un capítulo determinado de tu historia y luego el libro sigue sin ellas. Los filósofos lo llaman la contingencia de los vínculos: los lazos humanos no son eternos por naturaleza, sino frágiles, dependientes de circunstancias, de etapas, de necesidades que cambian. Ortega y Gasset decía que somos nosotros y nuestra circunstancia, y las circunstancias se transforman sin pedir permiso.

Pero saber esto no alivia del todo. Porque una cosa es la teoría, que las personas van y vienen, que los ciclos se cierran, que no todas las amistades están hechas para dura, y otra muy distinta es quedarse con el teléfono en la mano sin saber si la persona que tienes guardada en contactos sigue siendo tu amiga o ya es solo un nombre de otro tiempo.

¿Cuándo deja alguien de ser tu amigo? ¿Hay una fecha, un umbral, un número de meses sin llamada que marque la frontera? Nadie te lo enseña. Nadie te dice que las amistades también tienen caducidad, y que a veces no viene impresa en el envase.

Lo que más me cuesta no es la pérdida en sí. Es la ambigüedad. El no saber. El limbo en el que queda la relación cuando no hay un final oficial. Porque mientras no hay cierre, hay una pregunta abierta que ocupa espacio en la cabeza. ¿Debería escribir? ¿Sería extraño? ¿O sería yo quien está rara por no haberlo hecho antes?

Me pregunto si a los demás les pasa lo mismo. Si hay gente que también pierde el hilo de sus amistades sin darse cuenta y un día mira atrás y no sabe muy bien qué queda de lo que fue. O si soy yo, con mi particular manera de entender el mundo, quien le da más vueltas de las necesarias a algo que los demás gestionan con una naturalidad que a mí se me escapa.

La vida, ya lo sé, está llena de cosas que no se entienden. De preguntas sin respuesta. De personas que se fueron sin cerrar la puerta y de puertas que uno no sabe si todavía puede llamar. Y quizá en esa incertidumbre también haya algo humano, algo compartido, aunque a veces cueste mucho reconocerlo.

Puede que la amistad, como casi todo lo que vale la pena, no funcione con reglas claras. Puede que haya que aprender a vivir con la pregunta. Y puede que, en el fondo, lo único que podamos hacer sea seguir caminando, dejando la puerta entreabierta, por si alguno de los que se fueron decide, algún día, volver a pasar.

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