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España y la política del agotamiento

La compleja situación de un país que podría dejar de avanzar

España empieza a parecerse peligrosamente a esos países que aún funcionan, pero que hace tiempo dejaron de avanzar. La diferencia es importante. Funcionan los aeropuertos, funcionan los supermercados, funcionan las elecciones y funcionan las administraciones lo suficiente como para mantener una sensación de normalidad. Pero bajo esa apariencia cada vez más frágil se acumula una impresión difícil de ignorar: el país ha entrado en una política de agotamiento.

No es una crisis clásica. No hay un colapso financiero, ni una ruptura institucional visible, ni imágenes dramáticas que permitan señalar un instante exacto de caída. Lo que hay es algo mucho más moderno y quizá más peligroso: un deterioro lento de la capacidad colectiva para pensar a largo plazo.

La política española se ha convertido en una maquinaria de supervivencia diaria. Cada semana parece diseñada para resistir hasta la siguiente. Cada debate nace ya reducido al cálculo táctico inmediato. Cada escándalo dura exactamente lo que tarda en llegar el siguiente. Y entre ese ruido constante, el país real –el que necesita reformas, planificación y cierta estabilidad– permanece congelado.

El problema no es únicamente el Gobierno. Sería demasiado fácil reducirlo a eso. El problema es que toda la conversación pública española parece haberse acostumbrado a vivir instalada en la provisionalidad permanente. La oposición actúa muchas veces como si gobernar fuese simplemente esperar el desgaste ajeno. El oficialismo confunde resistencia con proyecto político. Y mientras tanto, cuestiones fundamentales se eternizan sin una dirección clara: el modelo territorial, la productividad, la vivienda, la presión migratoria, el deterioro del debate público o la crisis silenciosa de las instituciones.

España discute muchísimo, pero decide poco. Y quizá lo más preocupante es que el país ha desarrollado una capacidad extraordinaria para normalizar lo anómalo. Se normaliza el deterioro institucional porque siempre hay una polémica nueva. Se normaliza la tensión política constante porque lleva demasiados años instalada. Se normaliza la mediocridad administrativa porque el ciudadano ha rebajado sus expectativas hasta niveles mínimos: que nada explote ya parece suficiente.

Visto desde Estados Unidos, donde la polarización política ha terminado por deformar parte del funcionamiento democrático, resulta imposible no detectar ciertas similitudes. España todavía conserva amortiguadores sociales e institucionales que evitan una fractura más profunda, pero la dirección es inquietante. Cuando todo se interpreta en clave partidista, incluso los hechos dejan de tener valor propio. Solo importa si benefician o perjudican al bloque correspondiente.

Y ahí aparece uno de los síntomas más graves de una democracia fatigada: la desaparición progresiva del espacio común.

Ya no se discute para convencer, sino para movilizar a los propios. Ya no se informa para explicar, sino para reforzar identidades políticas y emocionales. La conversación pública ha dejado de ser un lugar de encuentro conflictivo para convertirse en una suma de trincheras perfectamente delimitadas.

En ese clima, cualquier intento de matiz parece sospechoso. La complejidad molesta. La prudencia se interpreta como debilidad. Y el pensamiento crítico queda atrapado entre aparatos políticos, burbujas ideológicas y una lógica mediática basada exclusivamente en el impacto inmediato.

Mientras tanto, otros países europeos avanzan –con más o menos acierto– en debates estratégicos sobre industria, energía, tecnología o defensa. España sigue atrapada demasiadas veces en una discusión perpetua sobre sí misma. Como si el país hubiese perdido la capacidad de mirar hacia adelante porque vive absorbido por la gestión emocional del presente.

Asturias conoce bien esa sensación. Tal vez porque las regiones acostumbradas a pelear contra el declive aprenden antes que otras a detectar cuándo una sociedad empieza a conformarse con resistir en lugar de aspirar a transformar. Y resistir, aunque a veces sea necesario, nunca puede convertirse en un proyecto colectivo.

La gran amenaza para España no es un colapso repentino. Es algo más silencioso: acostumbrarse a funcionar cada vez peor sin reaccionar realmente. Adaptarse al deterioro hasta dejar de percibirlo como deterioro. Las sociedades no suelen romperse de golpe. Primero se cansan. Luego se resignan. Y finalmente convierten la falta de ambición en una forma de estabilidad.

Ese es el verdadero riesgo del momento español. No el conflicto. No la discrepancia. Ni siquiera la polarización. El riesgo es el agotamiento.

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