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Presidencialismo bananero

Gobernar sin el Parlamento como sistema

España es, según la Constitución, una monarquía parlamentaria. Hay rey, pero el parlamentarismo cojea. No por desgaste natural, sino por una práctica política que ha vaciado de contenido los mecanismos de control hasta convertir al Congreso en mero figurante.

Ese vaciamiento no sería posible sin el asentimiento borreguil del comité federal del PSOE, transformado en una liturgia de aplauso automático donde la lealtad ciega sustituye al criterio. Allí no se fiscaliza al líder: se le ovaciona. No se debate: se asiente. No se corrige el rumbo: se celebra la resistencia.

La forma de gobernar de Pedro Sánchez ha desplazado el eje del sistema desde el Parlamento hacia la escenografía. En el sanchismo, el relato sustituye a la gestión y la consigna tapa las grietas institucionales. Cuando el discurso se agota, se recurre al victimismo o al aplauso tribal, mientras problemas reales como la corrupción, el bloqueo presupuestario o el deterioro institucional quedan fuera de foco.

El resultado es una anomalía democrática: un Gobierno que no presenta Presupuestos, que sobrevive mediante prórrogas automáticas y que automáticas y que se ampara en el blindaje de la voracidad de sus socios. Hay mayoría para censurarlo políticamente, pero no para derribarlo. La confianza parlamentaria se diluye como azucarillo.

El Parlamento consiente, la bancada socialista aplaude y el presidente actúa como si su mandato durara por derecho natural. Eso no es parlamentarismo: es presidencialismo bananero. Así no gobierna quien convence, sino quien resiste a toda costa y a cualquier precio.

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