Opinión
El veneno de Sánchez
Un cerco de toxicidad ha ido creciendo en torno a Pedro Sánchez. Las embestidas policiales y judiciales tanto a nivel político como personal son inmisericordes. Unas arremetidas en las que parece que todo está permitido. Desde los puñetazos que siguen las normas estrictas deportivas a los golpes bajos, las patadas, los mordiscos, los cabezazos y hasta las puñaladas traperas. Las voces que le reclaman la convocatoria de elecciones o su dimisión ya son un aullido. PP y Vox tienen prisa por tomar el poder. También quienes les apoyan desde los flancos más diversos. Hay tanta ansia por tomar las riendas que se han perdido todas las formas. Y es precisamente la furia, la desfachatez y la impudicia de ese anhelo lo que da miedo. Mucho, muchísimo miedo.
No es solo el temor a ver a España aplaudir con las orejas cada canallada de Trump, aliarse con la motosierra de Milei, seguir con entusiasmo las doctrinas racistas y machistas de la ultraderecha, revertir tantas medidas sociales o desenterrar una mirada mezquina de la patria. Es la inquietud de saber cómo se ha llegado hasta aquí. Cuántas líneas morales se han quebrado. Cuántos límites se han traspasado: la injustificable condena al fiscal general del Estado, la pornográfica desmesura del juez Peinado con Begoña Gómez, las pasmosas y denigrantes filtraciones del caso Zapatero o esa preocupante insistencia en cuestionar el próximo resultado electoral.
Las posibilidades de que la izquierda pueda volver a gobernar son ínfimas. No hay encuesta que lo prediga. Y, sin embargo, si hay una posibilidad, una sola, será con Pedro Sánchez. En una endiablada contradicción, el presidente que no vio o no quiso ver la corrupción que le rodeaba, el político que se enfundó el traje del oportunismo (cuando no el del populismo), el hombre que responde más a la táctica que a la ideología parece ser el único capaz de movilizar el voto. No la papeleta de la esperanza, no, esa hace tiempo que no se la espera. Pero sí el voto del desagravio o el de la defensa democrática o el de la resistencia contra la derecha radical o el de la supervivencia de la izquierda o, incluso, el de la negativa a la injerencia extranjera. En el escenario político se está conformando una distopía reducida al blanco y negro. Pedro Sánchez no es ajeno a la construcción de la tramoya que lo articula y, por eso mismo, es el personaje que mejor sabe moverse en él. Su comportamiento ha sido veneno para los que defienden una forma de hacer política más edificante, más responsable, pero ahora es el único antídoto disponible para sobrevivir en este marasmo.
Pero, si ese improbable milagro ocurriera, ¿qué clase de presidente sería un renacido Pedro Sánchez? ¿Cómo actuarían los autores de la actual embestida? ¿Cómo sobrevive una democracia a esta peligrosa campaña de acoso y derribo? Demasiados interrogantes y ninguna respuesta halagüeña a la vista. Solo la constancia de que no hay pócima del pasado reciente que sirva para tragar este presente emponzoñado.
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