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Ciudadanía para un tiempo incierto

La necesidad de cambios que hagan mejor a una sociedad sumergida en las dudas

Nuestra democracia atraviesa un momento de profunda fragilidad. Su calidad y capacidad para responder a los desafíos contemporáneos están hoy más cuestionadas que nunca. Debido a ello, a los ciudadanos nos resulta cada vez más difícil ofrecer nuestra mejor versión. La descorazonadora lógica del "sálvese quien pueda" se propaga con rapidez. Algunos sociólogos advierten que este fenómeno no es otra cosa que una expresión de pobreza cívica.

El descontento –a menudo silencioso, pero persistente– alimenta la desafección hacia la política y las instituciones. La desconfianza amenaza con instalarse como estado de ánimo colectivo. Es como si hubiéramos perdido no solo el entusiasmo, sino también la esperanza de que las cosas puedan cambiar. Se extiende la sensación de que resulta imposible transformar la realidad o avanzar como sociedad, de que nadie está dispuesto a asumir la tarea de tirar del carro común.

Paradójicamente, vivimos rodeados de conocimientos altamente especializados y de avances tecnológicos sin precedentes, pero acumulamos carencias significativas en aquello que sostiene la convivencia. Nos cuesta comprender las complejas dinámicas del mundo que habitamos, interpretar sus tensiones y desafíos. Leer, en definitiva, la partitura de la vida en común.

Sin embargo, no todo está perdido. Frente al ruido del desencanto, existen ciudadanos que siguen cultivando valores, defendiendo principios éticos y comprometiéndose con el bien común. Son personas que entienden la participación como una responsabilidad y la solidaridad como una práctica cotidiana. Hombres y mujeres capaces de imaginar horizontes más justos y de trabajar juntos para hacerlos posibles. Personas que dedican su tiempo a asociaciones vecinales, organizaciones sociales, proyectos educativos o iniciativas solidarias. Hombres y mujeres que defienden principios éticos incluso cuando hacerlo no resulta rentable ni popular. Porque toda democracia necesita, además de instituciones sólidas, ciudadanos que se atrevan a soñar un mundo mejor.

Así y todo, perdemos mucho tiempo en demostrar que no somos tan poca cosa como nos quieren hacer ver. Son muchos los que viven de la dialéctica que se empeña en minimizarnos, en infantilizar a la ciudadanía. Y aunque cuando un árbol cae hace mucho ruido, no por ello el bosque deja de crecer en silencio. Por ello, conviene resistirse a las narrativas del pesimismo absoluto. Aunque el desencanto sea real y las dificultades evidentes, existen cientos de ciudadanos que siguen demostrando cada día que otra forma de estar en el mundo es posible.

Voluntarios, donantes de órganos, cuidadores familiares –abuelos, nuestros héroes sin capa–, concejales que no cobran... Ciudadanía, en definitiva, que hace bien y que nos hace mejores. En Asturias tenemos muchísimos ejemplos. Su objetivo principal es la cohesión social, la defensa de los derechos humanos y la atención a familias y colectivos vulnerables.

La historia demuestra que las sociedades avanzan cuando existen ciudadanos capaces de mirar más allá de sus intereses inmediatos. Personas que no se resignan ante las dificultades y que conservan la capacidad de imaginar un horizonte mejor. Toda transformación colectiva comienza mucho antes de las reformas institucionales o de los cambios legislativos: empieza cuando alguien cree que el futuro puede ser diferente, que la realidad está para ser modificada. Porque no hay otra forma de hacerlo, no hay otra cosa que la cambie.

La democracia necesita leyes, instituciones limpias y liderazgos sólidos, pero necesita, sobre todo, ciudadanos que no renuncien a su responsabilidad cívica. Ciudadanos que comprendan que el bien común no es una abstracción, sino una tarea compartida. Ciudadanos que, incluso en tiempos de incertidumbre, mantengan intacta la voluntad de construir, participar y soñar. Porque una sociedad deja de avanzar cuando pierde la capacidad de imaginar un mañana mejor. Contra la retórica de la desilusión, el descontento y la desafección, más ciudadanía por favor.

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