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Opinión

Tributo a Manuel Rico Avello

Noventa años de una trágica ejecución en la pradera de San Isidro de Madrid

Mi abuela paterna tenía especial cariño a sus primos Rico Avello. Eran muchos y buenos, solía decir. Trató a los once y mantuvo especial relación con las mujeres del clan. Mis padres heredaron esa íntima relación, mi padre con su colega de profesión Carlos, y muy singularmente con Gonzalo, con quien mantenía largos encuentros cuando venía por Asturias a defender algún pleito. Recuerdo esas eruditas visitas siendo niño, y los mareos que le provocaban a una tía mía, que debía irse a la habitación de al lado a airearse en una ventana. Mi madre frecuentaba en su domicilio de la calle Santa Susana a las hermanas Rico Avello solteras, e incluso a una casada con un amigo de Alexander Fleming, que era ilustre académico de farmacia.

En sus tan frecuentes contactos familiares, jamás escucharon absolutamente nada de Manuel, de cuya trágica ejecución en la pradera de San Isidro de Madrid se cumplen ahora noventa años. Manuel Rico Avello, un portento como estudiante de Derecho en Oviedo y luego en Madrid, uniría sus destinos a los de Melquiades Álvarez en la política y hasta en su espantosa muerte. Serio y eficaz parlamentario, en los años treinta del pasado siglo asumiría una serie de responsabilidades públicas de relieve: la subsecretaría de Marina Civil, la cartera de Gobernación, el Alto Comisariado de España en Marruecos o el ministerio de Hacienda, antes de ser arbitrariamente apresado y conducido a la abominable Cárcel Modelo madrileña, donde le sacarían a los pocos días para descerrajarle cuatro tiros junto a un puñado de personalidades políticas de entonces, algunos egregios paisanos suyos. Tenía apenas cuarenta y nueve años.

La vida y milagros de Manuel era un completo tabú en su casa. Y en la nuestra. Pese a la insistencia en querer saber de él, nunca nos fue proporcionada información alguna. Lo poco que conocíamos procedía en exclusiva de terceros, porque tampoco se había publicado demasiado sobre él, salvo aquella pavorosa imagen en las páginas de la Causa General. Al tener Manuel una ideología diferente a la del régimen, no debía parecer prudente sacar a la luz su biografía. Es más: incluso le buscaron las vueltas años después, al involucrarle en actividades privadas que no eran del gusto de los que mandaban. Luego hemos sabido de su personalidad ecléctica, con tintes liberales moderados y hasta regionalistas en determinada época: un demócrata de cuerpo entero.

Su integridad sería también ponderada hasta por sus contrincantes, entre otras razones por haber sabido mantener la escrupulosa limpieza de unos comicios, los de 1933, en los que perdería su acta de diputado, siendo ministro encargado de su celebración. Mayor muestra de honestidad se consideró impensable por toda la clase política, teniendo como tenía a su disposición mil artificios para perpetrar los pucherazos que quisiera.

Los republicanos que asesinaron a este buen republicano no sé si se incluyen entre aquellos que condenan las actuales leyes en materia de memoria colectiva. Lo que está claro es que acabaron con salvaje brutalidad con una figura cuyo recuerdo debiera pervivir siempre, si en serio pretendemos fundamentar en la verdad, la justicia, la reparación y la garantía de no repetición, nuestro pasado reciente más aciago.

Manuel Rico Avello, a los noventa años de su cruel final, tendría que merecer el emocionado tributo que los suyos mantuvieron en silencio durante prolongadas décadas. Y la sociedad española y asturiana aún le deben el gran reconocimiento que se reserva a sus mejores hijos, aquellos que fueron víctimas inocentes de la sinrazón, sea del sesgo que sea.

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