Opinión
Feijóo no ha medido la distancia
El líder del PP creía que la meta estaba más cerca y empezó a esprintar demasiado lejos
En las carreras de atletismo la clave está en distribuir bien las fuerzas a lo largo del recorrido. Habitualmente, el que empieza muy fuerte acaba desfondado. En cambio el emboscado que va a su ritmo y que parece lento porque no emplea toda su energía, suele dar la sorpresa y ganar. Ha sabido medir el esfuerzo para que, llegado el momento exacto, echar mano de todas las fuerzas reservadas y esprintar hasta adelantar a todos sus rivales.
El símil deportivo viene muy a cuento para explicar lo que le está pasando a Alberto Feijóo. Ha empleado todos los recursos que tenía en una carrera que creía mucho más corta. Se ha desfondado semana tras semana durante meses, años, creyendo que su objetivo, la meta, la caída de Sánchez, estaba a la vuelta de la esquina. Cualquiera diría que una mano invisible le movía la meta un poco más lejos cada vez que se acercaba, o como si le tiraran la roca montaña abajo, como a al esforzado Sísifo, cada vez que creía alcanzar la cima.
El caso es que Sánchez, tantas veces dado por muerto desde que llegó al poder hace ocho años y varias legislaturas, ahí sigue, como el Correcaminos esperando al cazador para volver a adelantarlo (bip, bip). Mientras, Feijóo ha acabado extenuado pensando que cada uno de esos ocho años iba a ser el último del actual presidente. Por el camino se ha dejado su talante moderado, su fama de buen gestor en Galicia, su carácter tranquilo de político que no necesita levantar la voz.
A lo largo de tanto tiempo intentando derribar a un Sánchez indiferente, al que parece no afectar nada y mira que le pasan cosas, Feijóo ha acabado por cometer, siguiendo con un símil deportivo, un cúmulo de errores no forzados. El último, su coqueteo con los demonizados independentistas catalanes, que han acabado por reírse de él: "que venga a Waterloo". El ex presidente gallego empieza a parecerse a Sánchez, que traspasó todas las líneas que dijo que no traspasaría.
Antes, ya se había equivocado en su cambiante relación con Vox. Pasó del "nunca gobernaré con Vox" a gobernar con Vox cuando lo necesitaba en la formación de los gobiernos autonómicos. Incluso asumió la "prioridad nacional" del partido de extrema derecha. El PP abandonaba definitivamente el centro para dar la razón a sus enemigos. Una vez más, recordaba a aquel presidente que no dormiría tranquilo con Podemos en el Consejo de Ministros.
Sánchez ha conseguido acuñar y extender ideas muy dañinas para la oposición: que "PP y Vox son lo mismo", que "el PP es ultraderecha", que "el PP es corrupción", que lo del PSOE son "casos aislados"... Acusaciones de las que la oposición no ha sabido defenderse.
Qué el PP de Feijóo está perdiendo fuelle no es que lo diga yo. Lo dicen los números. En las últimas elecciones, las de julio de 2023 –que por cierto, ganó–, obtuvo el 33,6 por ciento de los votos. Una media de las últimas encuestas realizadas le daban al partido de Feijóo un 30,7, es decir tres puntos menos. El PSOE, por su parte y a pesar de los pesares, pasa del 28,25% de los comicios de hace tres años al 29,2 de las encuestas actuales. Si gobernar desgasta, oponerse no se queda atrás.
Hay que reconocerle a Feijóo que no lo tiene fácil. Sánchez ha sabido blindar los apoyos de Sumar (en el Gobierno), PNV, Bildu, Junts, ERC, BNG y CC. Y lo ha logrado a base de muchas prebendas -algunas inadmisibles- y de demonizar al PP como partido de ultraderecha, fascista y polarizador.
La estrategia de Feijóo está siendo equivocada. Debería dejar de dar la razón a sus enemigos, si aún le quedan fuerzas después de una interminable carrera en la que no ha sabido administrar sus fuerzas. Sánchez es de acero inoxidable, no se va a inmutar por más que los líderes del PP le llamen "corrupto", "mentiroso", "felón", "ególatra", "caudillista", "populista", "inmoral" y demás lindezas. O porque repitan que les gusta la fruta. A Sánchez solo se le puede derribar creando una alternativa ilusionante, que consista en todo lo contrario de lo que ofrece el actual presidente: la regeneración de las instituciones, el abandono de la estrategia del "y tú más", la coherencia como bandera, la intransigencia con la corrupción o que la salud democrática no sea sacrificada para permanecer en el poder.
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