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Dolor inabarcable

Después de cinco días va muriendo la esperanza de que siga gente viva bajo los escombros de los más de 400 edificios que colapsaron en Venezuela, aunque todavía tras más de 100 horas, los milagros existen y se han sacado personas con vida del amasijo de hormigón y escombros que es la zona de la catástrofe. Comentan los comentaristas que ningún país está preparado para dos seísmos de semejante magnitud. O sí. Porque en Japón, el mismo día y a la misma hora se registró uno, aunque algo menor, y el país nipón continuó con susto pero sin daños.

Lo de Venezuela es tan espantoso que invita a preguntarse, como en tantas otras ocasiones cuando sobrevienen estas catástrofes incomprensibles, ¿qué clase de Dios permite esto? Y, sin embargo, impresiona que muchísimos de los rescatados expresen su fe en una divinidad que les ha salvado. Y también en sus ángeles rescatistas. Conmueven hasta las lágrimas los llantos de los recién nacidos arrancados de las ruinas, porque suponen, al fin, esos lloros un canto de esperanza, mientras nos preguntamos con ira por qué el ejército o lo que sea venezolano no ayuda con palas y picos en vez de estorbar con fusiles, por qué se derrumbaron como castillo de naipes los edificios construidos por el chavismo, por qué EE UU ha cortado el espacio aéreo y no han podido entrar María Corina ni los bomberos de París, según he leído en un periódico, y por qué otros, en cambio, cuentan que es el régimen y sus soldados pistoleros los que no han dejado pasar a un equipo estadounidense.

Aunque si, como dicen otros expertos, son los americanos con Trump a la cabeza quienes tutelan a sus "nuevos y grandes amigos", ¿dónde está la formidable ayuda estadounidense, ese país que se toma la justicia por su mano y que con tanta eficacia extrajo a Maduro de su palacio en pocas horas? Mientras tanto, sin transparencia, con informaciones sesgadas, los inocentes siguen muriendo y poderosos que podrían ayudarles hacen cálculos políticos y económicos en sus despachos ante la desesperación, la rabia o el dolor inabarcable.

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