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Isidro González Caballero / J. Manuel Recio Muñiz

El asturcón corre por fibra óptica

A finales del siglo XIX, Marie Curie comenzó las investigaciones que acabarían otorgándole dos premios Nobel. Trabajaba en un laboratorio improvisado en un cobertizo frío, con goteras y escasos medios materiales. Allí logró aislar y caracterizar algunos de los primeros elementos radiactivos conocidos. Años después, la Universidad de París le construiría un instituto a la altura de su talento, para que pudiera continuar iluminando a la humanidad con sus descubrimientos.

Por aquellas mismas fechas, William Ramsay, algo más holgado económicamente, instaló un laboratorio en las antiguas caballerizas de su casa de campo. Desde allí realizó descubrimientos fundamentales sobre los gases nobles y aisló el helio, un elemento químico que hoy utilizamos para enfriar los imanes superconductores de algunas de las máquinas científicas más complejas jamás construidas.

Hace apenas unos días, el Principado de Asturias convocó las esperadas ayudas Margarita Salas para la captación de talento investigador. El nombre rinde homenaje a la extraordinaria científica asturiana, quien a partir de los años sesenta levantó un laboratorio que acabaría revolucionando la biología molecular gracias al descubrimiento de la ADN polimerasa del bacteriófago Phi29, una herramienta esencial para el desarrollo de la biotecnología moderna.

Si alguna enseñanza comparten estas historias es que la Ciencia necesita tres ingredientes fundamentales: talento, laboratorios e instrumentación. Las ideas son imprescindibles, pero también lo son los espacios donde ponerlas a prueba y las herramientas que permiten contrastarlas con la realidad. Nadie imaginaría contratar a un investigador y pedirle resultados sin proporcionarle los medios necesarios para trabajar.

Los laboratorios del siglo XXI ya no se parecen necesariamente a los de Curie, Ramsay o Margarita Salas. Las pipetas, los espectrómetros, los microscopios o los bancos ópticos conviven con una nueva generación de instrumentos científicos: servidores de cálculo y almacenamiento, aceleradores gráficos, redes avanzadas de comunicaciones y plataformas de inteligencia artificial. Han surgido nuevas disciplinas, como la bioinformática o la química y física computacional, y también nuevas formas de experimentar. Hablamos de estudios "in silico" para referirnos a simulaciones y experimentos realizados mediante ordenador, tan relevantes hoy para el avance del conocimiento como los tradicionales ensayos in vitro o in vivo. La computación científica se ha convertido en un laboratorio en sí misma. Si observamos nuestro entorno, veremos que prácticamente todas las comunidades autónomas cuentan con infraestructuras dedicadas a este propósito.

Galicia dispone del CESGA; Castilla y León, de SCAYLE; Cantabria cuenta con las capacidades de computación asociadas al IFCA. Más allá de nuestras fronteras, ninguna universidad o centro de investigación de referencia puede aspirar a competir internacionalmente sin acceso a recursos avanzados de computación. Asturias tampoco ha permanecido al margen de esta transformación.

Durante años se ha ido consolidando en nuestra región una comunidad investigadora especializada en computación científica que desarrolla su actividad en ámbitos tan diversos como la biomedicina, la biotecnología, la química computacional, la física, la ciencia de materiales o la inteligencia artificial. Buena parte de esta actividad se articula alrededor del Clúster de Computación Científica (C³) de la Universidad de Oviedo, recientemente incorporado a los Servicios Científico Técnicos de la institución.

Ubicado en el Campus de Mieres, el C3 nació con una vocación clara: poner herramientas avanzadas de computación al servicio de la investigación asturiana. La reciente celebración de su cuarta jornada científica reunió a investigadores de la Universidad de Oviedo, del Instituto de Investigación Sanitaria del Principado de Asturias, del Centro de Investigación en Nanomateriales y Nanotecnología y de diversas instituciones nacionales e internacionales. Las ponencias mostraron algo que a menudo pasa desapercibido para la sociedad: Asturias dispone de una comunidad científica altamente cualificada y plenamente integrada en las corrientes internacionales de la computación avanzada.

Y es precisamente en este contexto donde adquiere una relevancia extraordinaria la noticia conocida estos días y que esta mañana se va a difundir en un acto en el Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo. Se trata de la incorporación de Asturias como nuevo nodo de la Red Española de Supercomputación con el nombre Asturcón. Supone mucho más que la llegada de nuevos equipos informáticos. Significa que el Principado pasa a formar parte de una de las infraestructuras científicas más estratégicas del país. Por fin Asturias se sube al carro de las Infraestructuras Científico Técnicas Singulares de España. Este hito nos va a dar acceso a nuevas capacidades de cálculo, mayor visibilidad nacional e internacional, más oportunidades para participar en grandes proyectos de investigación y una posición reforzada para atraer talento e inversión tecnológica. Podría decirse que nuestro asturcón comienza ahora a correr por fibra óptica.

La metáfora no resulta exagerada. Del mismo modo que este caballo autóctono simboliza desde hace siglos la resistencia, la adaptación y la capacidad de avanzar en terrenos difíciles, la nueva infraestructura representa la voluntad de Asturias de ocupar un lugar propio en la economía del conocimiento. Los datos, los algoritmos y la inteligencia artificial se han convertido en recursos tan estratégicos como lo fueron en otras épocas el carbón, el acero o la energía.

Pero conviene recordar una lección que la historia de la Ciencia repite una y otra vez. Las infraestructuras son esenciales, pero nunca suficientes por sí solas. Antes de cada laboratorio hubo una comunidad científica capaz de justificar su existencia. Antes de cada acelerador de partículas hubo físicos que imaginaron los experimentos que se realizarían en él. Antes de cada telescopio hubo astrónomos que soñaron con observar más lejos. Y antes de cada nodo de supercomputación hay investigadores que saben transformar millones de operaciones por segundo en conocimiento útil para la sociedad.

La magnífica primicia es, sin duda, la llegada de esta nueva infraestructura a Asturias. Una oportunidad para reforzar nuestras capacidades científicas y tecnológicas y para proyectar la región hacia el futuro. Pero también constituye el reconocimiento implícito de una realidad construida durante años por investigadores, técnicos y grupos de trabajo que han hecho de la computación científica una herramienta cotidiana para responder a algunas de las preguntas más complejas de nuestro tiempo.

El asturcón correrá ahora más rápido. Y eso es una excelente noticia para nuestra comunidad. n

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