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Dora, la interina exploradora

Hay problemas que no necesitan grandes estudios para comprenderse. Pongamos la cobertura de ciertas especialidades empezando el curso escolar. Basta un ejemplo. Imaginemos a un docente de Matemáticas a mediados de octubre. Puede aceptar una plaza en una comunidad autónoma donde, con 165 días trabajados, cobrará y puntuará el verano. O venir a otra donde con 270 días se quede sin cobrarlo y sin puntuarlo. No hace falta ser Euclides para resolver la ecuación. Los números, como casi siempre, terminan imponiendo su lógica.Cuando determinadas plazas quedan sin cubrir mientras otras comunidades consiguen atraer a esos mismos profesionales, el problema rara vez está en los docentes. Suele estar en las condiciones.

Pongamos unas oposiciones con 6000 aspirantes para que al final se examinen 3000. Pues la gracia que les pueda hacer a los miembros de tribunales que se han quedado sin la quincena de julio es como poca, sin contar el gasto que ocasiona y los desplazamientos de los opositores solo a firmar.

Pongamos llamamientos urgentes cuando con bolsas permanentemente abiertas, cualquiera en situación de demanda de trabajo pueda incorporarse y simplemente esperar y la administración reclamar. Y así un largo etcétera.

Después empieza la verdadera Odisea. Como Ulises en el relato de Homero, el docente extremeño emprende un viaje lleno de obstáculos hasta llegar a su destino. La diferencia es que, si el héroe griego sorteaba cíclopes, sirenas y tempestades, el docente actual se enfrenta a adjudicaciones inciertas, kilómetros interminables, alojamientos improvisados, obras en la carretera y una conciliación familiar siempre en riesgo de naufragio. Al menos Ulises sabía con certeza dónde estaba Ítaca.

Y, como en toda buena epopeya, el recorrido es parte esencial de la historia. Hay quien descubre más geografía en un solo curso que en toda una etapa educativa: carreteras secundarias, puertos de montaña, pueblos escondidos y estaciones de servicio convertidas en puntos de referencia vital. En ese trayecto, la docencia obliga a desarrollar habilidades que ningún currículo contempla: optimizar consumos de combustible, calcular tiempos imposibles, resolver viviendas urgentes, preparar clases en tránsito y convertir la conciliación en un ejercicio cotidiano de ingeniería práctica.

Modificar el decreto de interinos ya no es únicamente una cuestión laboral. Es una herramienta para mejorar la cobertura de plazas, favorecer la conciliación familiar y hacer que Extremadura resulte competitiva en un mercado donde los docentes, afortunadamente, también pueden elegir.

Y conviene recordar un último detalle. Cuando hablamos de esta incertidumbre no pensamos únicamente en los interinos. Cada verano, hasta finales de julio, cientos de funcionarios de carrera, provisionales, desplazados, suprimidos en expectativa de destinoo comisiones de servicio, siguen sin saber dónde comenzarán el curso. Cambian los apellidos administrativos, pero las maletas son las mismas, los kilómetros también y la conciliación continúa esperando su adjudicación definitiva.

Porque enseñar siempre será un viaje apasionante. Lo que no parece tan razonable es que, en pleno siglo XXI, demasiados docentes sigan iniciando cada curso con más espíritu de Dora la exploradora que de profesora.

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