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Elogio de las manos

La perentoria necesidad de recuperar los oficios

Eduardo García Fernández terminó su vida laboral como vigilante de la ORA en Pola de Siero. Fue una decisión razonable, motivada por su edad y la falta de otras oportunidades cercanas a Valdesoto. Con el futuro de sus hijas encauzado sintió sus obligaciones cumplidas y abandonó la construcción, ocupación a la que se había dedicado toda su vida: peón, oficial, jefe de equipo, encargado... Aquel fue su periplo profesional, siempre esforzándose, siempre aprendiendo, para abarcar más disciplinas. De encofrador, con herramienta de mano al cinto en obras de carreteras, a responsable de edificación de viviendas o de urbanización de áreas industriales. Cuando hablamos de pérdida de talento solemos pensar en jóvenes universitarios que emigran, no en personas como Eduardo, conocedores de un oficio que ejercen con maestría y son capaces de transmitirlo en el tajo a modo del que otros hicieron antes con él.

Hace unas semanas en el Colegio de Ingenieros de Caminos celebramos la festividad de nuestro patrón y entregamos los premios inspirados en la obra de Ildefonso Sánchez del Río. Uno de los galardones correspondió a la Fundación Laboral de la Construcción del Principado de Asturias. En la glosa de sus méritos se destacó que "uno de los principales motivos por los que la FLC merece su Paraguas es su apuesta constante por la formación profesional especializada que ha permitido que numerosos trabajadores adquieran competencias adaptadas a las necesidades reales del mercado laboral. Esto no solo mejora la empleabilidad de las personas, sino que también ha contribuido en estas últimas cuatro décadas a elevar la competitividad y la calidad del sector de la construcción en Asturias". Además, se dijo que "La dimensión social de su trabajo también es digna de reconocimiento. La Fundación favorece la inserción laboral de jóvenes, personas desempleadas y otras con mayores dificultades de acceso al empleo, ofreciendo oportunidades reales de futuro y contribuyendo a la deseable cohesión social".

En una circunstancia de penuria de mano de obra en todos los sectores de nuestra economía la labor de instituciones como la FLC es imprescindible. Muestra cómo la sociedad civil –empresarios y sindicatos unidos, en este caso– tratan de paliar un déficit al que la administración apenas pone parches. Las tendencias sociales juegan en contra, pues hay ocupaciones que tienen escaso o nulo tirón pese a la mucha oferta laboral que queda sin cubrir. Sin entrar a valorar la excesiva disposición de plazas en estudios universitarios que nos lleva a ser el país con la mayor tasa de sobrecualificación de la UE (35%, según Eurostat), el desajuste en el catálogo oficial de la formación profesional es evidente. Seguimos formando para profesiones sin futuro en lugar de hacerlo con miras a próximas décadas. Echando un vistazo a la página de Educastur podemos comprobar que contamos con 65 ciclos formativos de administración y comercio por sólo 14 de las familias agraria e industria alimentaria. Supongo que nos administrarán más pero comeremos peor, aunque los 13 de actividades físicas y deportivas nos mantendrán en mejor forma (¡!). Incluso en profesiones hasta ahora consideradas de futuro habría que afinar el enfoque. Así, en informática, más de la mitad de las 31 oportunidades –diseño de aplicaciones o páginas web– se refieren a tareas ya en fase de sustitución por herramientas de inteligencia artificial. En su cuarta encuesta anual sobre el impacto de la IA en el trabajo el Boston Consulting Group cuantifica en un día a la semana el ahorro de tiempo en las labores menos cualificadas. Y eso sólo por el momento.

En la otra orilla tenemos los necesarios oficios menestrales a los que no prestamos atención hasta que necesitamos a un fontanero o un albañil; a un mecánico o una modista; a un electricista o un carpintero. Difícilmente serán ellos los afectados por la irrupción de estas nuevas tecnologías. No veo amenazado el trabajo de las pescaderas que me atienden en el supermercado de Montecerrao, cuya pericia con los cuchillos no dista mucho de la de los cirujanos con sus bisturíes. A mediados de mayo "The Economist" salió con una portada digna de los mejores luditas. Titulaba "El apocalipsis de los empleos" con una imagen en la que mujeres y hombres con trajes y maletines eran absorbidos por un enorme vórtice. El remolino no arrastraba a nadie que llevara un martillo, una llave inglesa o unas tijeras. Es la venganza de los trabajadores de cuello azul, los que hasta ahora han visto reemplazado el valor añadido de su esfuerzo por el de los artilugios que iban inventándose. Ahora les toca a muchos de los de cuello blanco.

Pero ¿qué hacer? Sólo alcanzo a pensar en dos aspectos: recompensa y prestigio. De la primera se encargará inexorablemente lo que Adam Smith definió como la mano (también como metáfora) invisible del mercado, pero para ello debemos ocuparnos de hacerlo posible fomentando la oferta. En cuanto a la consideración social vamos lastrados por prejuicios fuertemente enraizados. Desde nuestro Colegio rompemos esta lanza reconociendo el trabajo de quienes convierten nuestros cálculos y planos en carreteras, puertos, redes de agua o edificios. Y que se encargan de mantenerlos en buen estado de utilización. Con su sudor y su saber hacer constituyen uno de los pilares fundamentales de nuestra sociedad. De ahí el título de esta columna, copiado de una novela de Jesús Carrasco en la que toda su familia se empeña en reconstruir –con sus propias manos– una casa en ruinas. Adecuado ejemplo el de la vivienda, cuya escasez lastra las posibilidades de progreso y bienestar de amplias capas de nuestra población, especialmente las más jóvenes, y que necesita que se incorporen al sector de la construcción decenas de miles de profesionales, decenas de miles de jóvenes Eduardos. De no lograrlo quedaremos en situaciones mucho más precarias, a las que, para bien definirlas, podemos recurrir a la ópera prima del mismo escritor. La tituló "Intemperie".

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