Opinión
Adolfo Rivas Fernández
Contra la falsa empatía
La confusa expresión «ponerse en la piel del otro»
He realizado miles de entrevistas a personas que deseaban incorporarse a la intervención social. También he escuchado durante décadas a generaciones de estudiantes de Educación Social, Psicología, Trabajo Social, Pedagogía y disciplinas afines. En muchísimas de esas conversaciones aparece una palabra que hoy funciona casi como salvoconducto moral: empatía.
Se dice pronto. Se dice bien. Se dice incluso con una cierta emoción satisfecha. «Soy una persona empática». «Tengo mucha empatía». «Sé ponerme en el lugar del otro». Y, sin embargo, cada vez que lo escucho siento la necesidad de detener la escena. No porque la empatía no importe, sino porque importa demasiado como para dejarla convertida en consigna.
La hemos usado tanto que casi la hemos vaciado. La exhibimos en entrevistas, en aulas, en equipos, en discursos institucionales, en manuales apresurados de buen comportamiento. Y casi nunca descendemos a lo que de verdad significa. Peor aún: muchas veces se resume en una frase falsa y profundamente irrespetuosa: «ponerse en la piel del otro».
No. Eso no es verdad.
¿Cómo voy a ponerme yo en la piel de una mujer violada si no he atravesado ese infierno? ¿Cómo va a ponerse un educador en la piel de un niño maltratado en su propia familia si él solo ha conocido amor, protección y cuidado? ¿Cómo voy a sentir exactamente desde dentro la humillación, el espanto, la intemperie o la fractura que han marcado la historia de otra persona?
No puedo.
Y fingir que sí puedo no me hace mejor: me hace más soberbio.
Porque en esa expresión aparentemente bondadosa se esconde una trampa. El otro deja de ser verdaderamente otro. En lugar de reconocer su alteridad, su herida concreta, su historia irrepetible, la absorbo dentro de mis categorías, de mi sentimentalismo, de mi necesidad de sentirme bueno. Ya no lo respeto más: lo reduzco a mi manera de sentirlo.
Hay una falsa empatía que consiste en apropiarse imaginariamente del dolor ajeno. Es una emoción narcisista vestida de virtud. Conmueve, pero no acompaña. Suena bien, pero no sostiene. Enternece a quien la proclama, pero no necesariamente cuida a quien sufre.
La verdadera empatía es mucho más humilde y mucho más exigente.
No consiste en decir «yo soy tú», sino en reconocer con honestidad: «yo no soy tú». No he vivido lo que tú has vivido. No banalizo tu herida con frases hechas. No colonizo tu experiencia. No te reduzco a mi manera de comprender el mundo. Pero no me retiro. No huyo. No miro hacia otro lado. No convierto tu dolor en teoría, en tópico o en espectáculo.
Me acerco.
Y me acerco desde una mirada de amor respetuoso.
Para mí, ahí está el núcleo. La empatía no es una fusión imposible; es una forma de mirar. Mirar con respeto aunque no se comprenda del todo. Mirar con afecto sin apropiarse de la experiencia ajena. Mirar dejando que el dolor del otro nos alcance, pero sin robarle su voz. Mirar de forma activa, ofreciendo la mano, la presencia, la palabra justa, el tiempo necesario y también la competencia imprescindible.
Porque otra mentira muy extendida es creer que basta con «sentir». No basta. En la intervención social, en la educación, en la política y en la vida, sentir sin saber acompañar puede convertirse en impotencia decorativa. Y saber mucho sin humanidad degenera en una fría tecnología del trato.
La empatía verdadera exige ternura, pero también rigor. Exige cercanía, pero también respeto radical. Exige calor humano, pero también lectura profunda, contención, paciencia, palabra oportuna, capacidad de sostener, de intervenir y de no romper la dignidad del otro ni siquiera cuando está quebrado.
En eso consiste acompañar de verdad.
No en entrar en la piel ajena, sino en no retirarse ante la herida ajena.
La cultura contemporánea prefiere las palabras bellas a las virtudes arduas. Le gusta declararse empática mientras levanta sistemas crueles, burocracias humillantes y refinadas formas de indiferencia. Se llena la boca de sensibilidad mientras aparta la mirada del anciano solo, del adolescente roto, de la mujer explotada, del hombre hundido, del niño herido, del diferente incómodo. Hemos aprendido a nombrar la empatía sin aceptar su precio real: tiempo, incomodidad, implicación, escucha, paciencia, riesgo y compromiso.
Y esto, en la intervención social, resulta decisivo. Quien acompaña no puede ser un turista emocional del sufrimiento ajeno. No puede usar palabras hermosas como maquillaje ético. No puede conformarse con estremecerse. Tiene que sostener, leer bien, cuidar sin invadir, exigir sin humillar, mantenerse presente cuando el otro desborda, incomoda o duele.
La tradición cristiana lo expresó con una claridad admirable en la parábola del buen samaritano: no se nos presenta a alguien que fantasea con ser el herido, sino a alguien que se detiene, se acerca, cura, carga, paga y se compromete. Ese es el gesto. No apropiarse del dolor, sino responder a él.
Quizá ha llegado la hora de desconfiar un poco más de quienes se declaran empáticos con excesiva facilidad. Y quizá también de exigirnos más a nosotros mismos. Menos autocomplacencia sentimental y más reconocimiento real del otro. Menos frase aprendida y más presencia verdadera. Menos identificación ficticia y más misericordia activa. Menos gesto emocional y más amor respetuoso hecho cuidado, competencia y compromiso.
Porque no, no se trata de ponerse en la piel del otro.
Se trata de no profanar su dolor con nuestra vanidad. De no humillarlo con fórmulas fáciles. De no retirarnos cuando su herida incomoda. De mirarlo con verdad. De acercarnos con respeto. Y de hacerle sentir, a través de nuestra presencia, que sigue siendo alguien entero, digno y sagrado incluso en mitad de la fractura.
La empatía no empieza cuando imagino tu dolor, sino cuando respeto su verdad y decido no dejarte solo.
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