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La naturaleza desatada

Del paisaje de la desolación al de la solidaridad

Llora el mundo la tragedia de Venezuela, tan castigada ella desde hace décadas por gobernantes irresponsables provocando que millones de ciudadanos hayan tenido que huir, la mayoría deseando volver. Y ahora, para colmo, dos terremotos consecutivos entierran entre escombros vidas y esperanzas. La ayuda internacional y la solidaridad llegan a un país desmantelado tras años de dictadura encubierta de populismo ahora tutelado –¡quién lo diría!– por el plutócrata auto titulado salvador del mundo Donald Trump. En momentos así el auxilio de todos y el valor propio son más necesarios que nunca.

La naturaleza desatada

La naturaleza desatada

Venezuela tiene casi el doble de territorio que España, está cerca de los 32 millones de habitantes y es un país de una riqueza paisajística y una biodiversidad envidiable. Con recursos naturales deseados (de ahí la apetencia del comerciante norteamericano) tiene ante sí el reto de levantarse y zanjar la tutela. Pero eso irá para largo. En este momento precisa que la cooperación y la solidaridad internacional llegue a quienes lo necesitan, difícil tarea en un estado fallido. Y no vale recurrir a la fe, aunque sirva para mover "montañas ante el desconsuelo", pues ni la Virgen de Covadonga, milagrosamente salvada en su "cueva venezolana" del Centro Asturiano de Caracas, será capaz de mitigar tanta pena.

Dicen quienes de esto saben que las fuerzas contrapuestas de las placas tectónicas del Caribe y la Suramérica, las responsables, no dejarán de actuar, como sucede en los territorios donde la corteza terrestre es más inestable, porque inestable a secas puede serlo en cualquier lugar. También dejan claro los científicos que ante la "naturaleza desatada" el ser humano puede intentar paliar los efectos perversos con mayor conocimiento, monitorización de riesgos, un urbanismo resistente y unos medios rápidos y eficaces de los que solo se acuerdan muchos gobiernos cuando la desgracia les cae encima. En un mundo donde la velocidad es norma, bomberos y servicios de emergencia bien dotados pueden desplazarse rápidamente; falta tenerlos siempre dispuestos. Si "solo nos acordamos de Santa Bárbara" cuando truena, a lo mejor la pillamos dormida.

Las disciplinas geológicas que estudian y explican la dinámica terrestre, y por ende los terremotos y sus consecuencias, son en su dimensión de técnica aplicada muy recientes. En tiempos lejanos dieron noticias de que la tierra vibraba o vomitaba fuegos observadores avezados empeñados en dejarnos testimonios de lo que pasaba, testimonios que sirven para fundamentar el conocimiento y comprobar la insistencia de nuestro planeta en moverse bajo nuestros pies haciéndonos temblar de miedo.

Cuando no había otra explicación posible, la humanidad recurrió a mitos en ayuda ante lo desconocido. Se intuye que el fin de las ciudades Sumerias, 4000 años atrás, pudo deberse en parte a un gran terremoto en el actual Irán. Entre los griegos un tal Filón, del siglo V a.C., arquitecto, dejó escritos sobre edificios afectados por tales movimientos. En la aurora de los tiempos se contaba que el gigante Tifón, vencido por el olímpico Zeus, había sido enterrado bajo el Etna y, señor de fuerzas infernales y vientos huracanados, a veces enfadado se revolvía; entonces la bella Sicilia quedaba calcinada y cenicienta. Siglos después, en el verano del año 79 d. C. relató Plinio el Joven como el Vesubio napolitano enterró petrificándolas las prósperas ciudades de Herculano y Pompeya, que excavadas en el siglo XVII sirvieron para conocer la vida de la poderosa Roma. Se veía aquel terrible suceso como un castigo divino debido tal vez al mal humor del dios del fuego Vulcano iluminando el cielo nocturno, haciendo moverse la tierra y sembrando destrucción y muerte. Los pueblos que no tenían escritura sufrieron también las iras de Gea. Restos arqueológicos, estudios geológicos y relatos de tradición oral recogidos a posteriori son básicos para ir completando la historia de ciencia.

La Europa culta, ilustrada y viajera, que ya había circunnavegado el globo terráqueo y se preciaba de controlarlo, en el sabio Siglo de las Luces contempló aterrada las consecuencias del Terremoto de Lisboa de 1755, que con una potencia estimada de entre 8 y 9 de magnitud arrasó la capital portuguesa, la costa sur atlántica peninsular, dañando gravemente Cádiz y siendo responsable de desperfectos en edificios ya centenarios como las catedrales en áreas distantes de la Península Ibérica. Parece que el marqués de Pombal, al frente de la reconstrucción portuguesa, planteó cambios en las edificaciones para hacerlas más resistentes. De algún modo se iniciaba la política de gestión de adversidades al margen del miedo a lo inexplicable que empezaba, por el desarrollo científico, a serlo algo menos. Aquella mañana del 1 de noviembre cuando Lisboa fue sacudida y el tsunami que siguió afectó a miles, alteró las creencias y removió la filosofía. Voltaire llegó a cuestionar la existencia de un dios que permitía algo así: cien mil hormigas, nuestro prójimo, aplastadas de repente en nuestro hormiguero, y la mitad pereciendo sin duda en angustias inexpresables en medio de los escombros de los que no pueden salir […].: ¡Qué juego tan triste de azar es el juego de la vida humana! ¿Qué dirán los predicadores...?

1816 se conoce como el año en el que no hubo verano. El indonesio volcán Tambora había entrado en erupción un año antes llenando el cielo de millones de toneladas de cenizas; las temperaturas bajaron, las cosechas se perdieron y el hambre azotó amplias zonas del planeta. En un refugio suizo Mary Shelley escribió conjurando el horror "Frankenstein o el moderno Prometeo".

En el pasado siglo XX, el desastroso terremoto de San Francisco de 1906 derribó tantos edificios que además de los millares de muertos dejó a medio millón sin hogar con el éxodo subsiguiente, pero se extendieron reformas en ingeniería sísmica que fueron mejorando la resistencia. Sacudió la ciudad de Valdivia, Chile, uno poderoso, de 9,5, en 1960 que se dejó sentir en Hawái y Japón. Más acá, ya en nuestra memoria personal, demoledor por sus efectos y las cuantiosas víctimas, fue el terremoto y maremoto de Sumatra que en el 2004 se convirtió en el peor. Ni en la película "Lo imposible" se reflejó su terrorífica devastación en zonas donde la pobreza incrementaba el desastre. Queda aún recuerdo del terremoto y las olas de Tohoku en 2011 que además de las muertes suscitó la crisis nuclear de Fukushima. Y no fueron los únicos.

Nuestro consumo de noticias es tan efímero y muta con tanta rapidez que cada nueva desgracia queda solapada con otra. Concluyen los investigadores que la corteza terrestre seguirá dándonos sustos. Pero ellos, los de la ciencia, no son adivinos. Advertirán y tocará a gestores y políticos poner los medios para minimizar los daños. Cabe desear que Venezuela tan maltratada salga lo mejor posible de la catástrofe natural; y que la humana condición se comporte como debe sanando las heridas.

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