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La prevención es sobre todo política

Las mejoras en vivienda, trabajo, alimentación y educación se correlacionan con una mejora en las expectativas de vida

El Neolítico se supone que produjo un descenso de la salud. Las razones que se argumentan son la concentración de la población y los déficits nutricionales. En el Paleolítico se cree que los grupos eran pequeños, móviles, con escaso o corto contacto entre ellos. La posibilidad de transmisión de agentes infecciosos sería baja. Con la urbanización del Neolítico los contactos se hacen más frecuentes y más íntimos, de manera que virus, bacterias y parásitos tendrían más oportunidades de encontrar huéspedes donde crecer y multiplicarse. Si además esos individuos, ya agricultores, estaban mal alimentados, como se especula ocurría, el germen no encontrará apenas oposición. La evidencia dice que la estatura disminuyó quizá como consecuencia de enfermedades intercurrentes, parásitos y alimentación deficiente.

Podemos decir que eso fue así por analogía con lo que ocurrió en la revolución industrial. Los campesinos que vivían en condiciones miserables vieron una oportunidad de mejora en la oferta de trabajo de la industria. Abandonaron el campo, que no era suyo, para ofrecerse su fuerza de trabajo a los patronos necesitados de esa energía. Se amontonaban bajo techos improvisados, los desechos circulaban por los caminos. Las condiciones ideales para facilitar la explosión demográfica de ratas, mosquitos, parásitos, virus, bacterias… Hombres mujeres y niños trabajaban hasta 14 o 16 horas diarias por salarios de hambre. La mortalidad se incrementó hasta lo nunca visto. A mediados del XIX comienzan las condiciones de vida de los trabajadores como principal causa de su pobre salud.

Empíricamente se ha demostrado. Las mejoras en vivienda, trabajo, alimentación y educación se correlacionan con una disminución importante en la mortalidad infantil y una mejora en las expectativas de vida. La tuberculosis era la enfermedad más mortal, o la mejor diagnosticada y recogida en las estadísticas. Su descenso antes de que hubiera un tratamiento eficaz fue espectacular. Tenía razón el grupo del científico Virchow cuando decía que la política es salud pública porque realmente, la mejor prevención no depende del departamento de sanidad.

Un buen ejemplo de déficits de nutrientes debido a una alimentación poco variada como la que suponemos que ocurría en el Neolítico es la pelagra. Se describe por primera vez en Asturias. Casal observó que muchos de sus pacientes, sobre todo en el campo, sufrían un conjunto de síntomas y signos dominados por la dermatitis que el pueblo llamaba mal de la rosa. Más de 100 años después se descubrió que se debía a un déficit de una vitamina ausente en el maíz. Este cereal crece en suelos pobres y en esos lugares constituye la base de la alimentación de la población sin recursos, casi todos en aquella Asturias. Casal menciona a una paciente que vendió todo para comprar mantequilla porque había observado que con ella curaba. Y es que los alimentos de origen animal contienen cantidades notables de lo que llamó el descubridor de la causa de la pelagra factor pp, protector de la pelagra.

Gracias a la revolución verde y a la introducción de semillas genéticamente modificadas, hay suficientes alimentos para los más de 8.000 millones de personas en el mundo. A pesar de ello, sigue habiendo déficits nutritivos y hambrunas severas. Ocurren por malas cosechas en lugares pobres donde el cambio climático golpea con más fuerza; y sobre todo por guerras. La solución es política. Además de hambre, un problema creciente de salud es el consumo de alimentos calóricamente muy densos, muy adictivos, baratos y ampliamente disponibles.

Tenemos en la lengua un receptor para el dulce muy sensible. Cuando se activa envía un mensaje al cerebro quien se encarga de llenarnos de satisfacción. Casi al mismo tiempo, el azúcar ya está en la sangre disponible para convertirse en energía: fuerza para encarar las demandas. Lo necesitaban aquellos cazadores / recolectores como un estímulo para buscar raíces y frutos dulces que les diera un chute de energía. Casi como el sexo, que oculta en el fin inmediato, el placer, el más importante, la preservación de la especie. Lo malo es que tan buenos resultados nos producen avidez, queremos más. Ya casi todos sabemos que esos alimentos basura no son saludables. Pero cuando se recorre con la vista las estanterías del supermercado, la presencia provocadora del alimento prohibido rebaja la capacidad de controlarse y se cae en la tentación. Ya no manda su cerebro racional. Son las señales del cuerpo las que se apoderan de una voluntad por él debilitada.

Lo saben los vendedores que los disponen de manera que sea fácil es sucumbir a la oferta. Y saben también que son más vulnerables las personas con vida difícil, inmersas en frustraciones. Por eso la obesidad se asocia a baja clase social. Basta recorrer los supermercados de barrio. En los ricos la oferta dominante es de alimentos saludables, en los pobres, los procesados, empaquetados con llamativos envoltorios, bombas de placer inmediato. Los mismo que el niño malnutrido sucumbe ante la agresión de una bacteria, el individuo cuyas circunstancias vitales son adversas, apenas puede resistir la tentación de un alimento que provocará un inmediato bienestar. Mejorar sus condiciones de vida y regular la oferta es pura política.

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