Opinión
Homenaje JLV80 en Miraflores de la Sierra
Semblanza del matemático ovetense Juan Luis Vázquez, a punto de cumplir 80 años, un sabio generoso y humilde y un formidable intelectual
El matemático ovetense Juan Luis Vázquez cumple el próximo 26 de julio 80 años. Con tal motivo recibió el pasado jueves un homenaje de sus pupilos, colegas de profesión y amigos en La Cristalera, la residencia en Miraflores de la Sierra de la Universidad Autónoma de Madrid, de la que es profesor emérito. El periodista José Manuel Vaquero, consejero de Editorial Prensa Asturiana, grupo editor de LA NUEVA ESPAÑA, y amigo desde la infancia de Vázquez, participó por videoconferencia en el acto e hizo una semblanza en clave personal del científico. Aquí se reproducen íntegramente sus palabras.
Queridos amigos:
Lamento no poder acompañaros hoy físicamente , por ineludibles motivos familiares, en este solemne y divertido acto de clausura de unas jornadas de tanto voltaje matemático y, sobre todo, tan entrañables al festejar el feliz 80 cumpleaños de Juan Luis Vázquez Suárez, una eminencia en el entendimiento y práctica de la vida como un camino de permanente búsqueda de respuestas a los numerosos problemas que la existencia nos ofrece cada día.
Agradezco la inmensa generosidad de los organizadores de estas espectaculares jornadas científicas de homenaje a Juan Luis por haberme invitado a pronunciar unas humildes palabras.
Mi único mérito es que, por edad, soy seguramente, hoy aquí, el primero que conoció a nuestro homenajeado, cuando nos encontrábamos en Las Segadas para tomar el autobús que unía a Riosa con Oviedo para ir a estudiar el bachillerato.
Juan Luis vivía en una casa de Las Segadas , situada en una cuesta al otro lado de la vía de Renfe, casi en el límite que une a los concejos asturianos de Oviedo y Ribera de Arriba, mientras que yo lo hacía en la de Bueño.
Los dos pueblos están separados por unos tres kilómetros, pero el suyo pertenece a Oviedo y le mío a Ribera de Arriba, motivo por el que a él le tocó la escuela primaria del Condado y a mí, la de Bueño.
Cada vez que paso por la escuela del alto del Condado se me cae el alma a los pies al pensar el talento que salió de aquellas ruinas que la maleza devora sin misericordia.
En aquellos breves contactos de ida y vuelta a Oviedo, pronto descubrí que Juan Luis era un tipo discutidor, con ideas propias, avanzadas y rotundas, pero que a la vez escuchaba aunque fuera principalmente para contradecirte e iniciar una conversación siempre estimulante.
Sus padres, Aladino y Ana, habían nacido en el concejo de Quirós, en el seno de una humilde familia campesina.
Cuando Aladino consiguió un puesto de enganchador ferroviario de Renfe en Soto de Rey se fueron a vivir a un piso compartido en Oviedo, donde permanecieron cinco años hasta su traslado definitivo a Las Segadas .

Juan Luis Vázquez, a la derecha, durante el homenaje. Sentados detrás, su hijo Miguel, su esposa Mari Luiz García y su hija Isabel. / Xuan Fernández
Juan Luis, que había nacido en Oviedo, era el hijo único de un obrero y de una ama de casa que cosía para otros. Con unos pequeños ahorros, la ayuda de un tío carpintero y el padre, como pinche, levantaron una casa modesta en una finca con huerta que habían conseguido comprar con enormes esfuerzos.
A la escuela de El Condado iban los hijos del director de la fábrica de explosivos de La Manjoya, José Crabiffose, de origen francés, que estaba casado con Presen Cardona, de familia cubana. Vivían en Llamaouscura y habían decidido enviar a sus hijos a aquella escuela porque la mujer opinaba que a los niños les convenía un ambiente natural.
Fue precisamente la señora Cardona la que un buen día tomó la decisión de presentarse ante el maestro don Celedonio para plantearle lo siguiente: "Vamos a ver, tú tienes un niño que es un portento. Habría que hacerlo estudiar". La señora buscó luego a sus padres y con total convencimiento les transmitió el mismo mensaje.
Aladino y Ana se quedaron desconcertados ante el problema que se venía encima, porque no se sentían con recursos suficientes para dar unos estudios a su hijo. Pero don Celedonio se puso manos a la obra y sus gestiones condujeron a Juan Luis al Colegio de Loyola de Oviedo, adonde llegó con un curso de retraso que recuperó al aprobar ingreso y primero entre junio y septiembre.
En el colegio consiguió una beca, pero sin comedor, así que llevaba de casa la comida en una tartera protegida por un cabás, una maleta de madera que le había regalado su tío el carpintero, y comía en la cocina del centro escolar.
Allí descubrió que el estudio apenas le suponía esfuerzo alguno y que eso le permitía participar en todos los alborotos que creaban sus compañeros más indisciplinados. Era un portento, pero también un incordio de mucho cuidado.
Ante la creciente conflictividad de su clase, a uno de los curas se le ocurrió ocuparle de dar clases de Álgebra a dos de sus compañeros más vagos y revoltosos. Juan Luis comprendió de inmediato el doble alcance del aquel estimulante reto: por una parte podía ayudar a unos amigos, pero además neutralizaba la envidia que inevitablemente provocaban sus insultantes notas ante aquellos suspensos colosales.
El resultado del experimento fue tan sorprendente que aquellos malos estudiantes aprobaron Álgebra, los curas se pusieron locos de contentos y Juan Luis sacó una conclusión imborrable para el resto de su vida: el inmenso valor del trabajo en equipo.
En el quinto curso, Juan Luis volvió a dar síntomas de aburrimiento y dispersión, pero los curas, que ya le habían tomado la medida, le regalaron, para entretenerle, un libro para que estudiara alemán. Y ahí descubrió otra de sus excepcionales capacidades: su gran facilidad para los idiomas.
Dominar el francés le costó muy poco. Habla además italiano, inglés y, con diversa fortuna, gallego, portugués y ruso. Estudia japonés y escribió un original diccionario del bable de Quirós, el idioma local del hermoso valle asturiano de sus abuelos, donde pasó largos periodos de su infancia.
El catalán lo aprendió en un colegio mayor con un compañero que le acabó reprochando de forma un tanto cicatera el aprovechamiento de su cercanía: "Tío, eres casi catalán, porque te expresas perfectamente en mi idioma sin haberme pagado un duro por enseñarte a hablarlo".
Por sugerencia de su padre, al terminar el bachillerato se matriculó en el primer curso de la Escuela Superior de Ingenieros de Minas de Oviedo, donde se encontró con el célebre profesor de Álgebra Carlos Conde, un ingeniero que atemorizaba a sus alumnos con la amenaza de suspensos casi generales que se encargaba de cumplir al dar las devastadoras notas de los exámenes de fin de curso.
En la convocatoria de junio de su curso sólo hubo dos aprobados, uno de ellos el suyo, fruto de haberse aplicado a estudiar el libro "Álgebre Moderne", de los franceses Lentin y Rivaud, recomendado por su profesor que se quedó asombrado al comprobar los conocimientos de su alumno.
En Madrid cursó Ingeniería de Telecomunicaciones, una carrera que le pareció hermosa, pero que no satisfacía plenamente sus inquietudes intelectuales, que no buscaban tanto soluciones concretas como ambiciosas respuestas científicas al misterio que envuelve el universo.
Se lío entonces la manta a la cabeza y tomó la decisión de estudiar Matemáticas, algo que le seducía desde siempre, lo que en aquel momento y en sus circunstancias personales podía parecer una locura.
Cursó la nueva carrera en la Universidad Complutense de Madrid a la vez que se casaba con Mari Luz García mientras vivían de dar clases particulares y de traducir libros del alemán.
A mediados de los 70 el matrimonio participó activamente en las protestas estudiantiles dirigidas a acelerar el final de la dictadura, pero, en cuanto la Constitución fue aprobada, comprendió que si quería ser útil a su país y a la sociedad en general lo que tenía que hacer era ponerse a trabajar a tope en lo suyo.
Ante un nuevo despiste en el laberinto del camino, ahora con su tesis doctoral, un profesor atento le recomendó ponerse en contacto con el francés Haim Brezis, uno de los grandes matemáticos del siglo XX, que le aceptó como alumno y dirigió su tesis doctoral
El mes pasado Juan Luis acudió a París a dar el último adiós a aquel maestro fundamental en su trayectoria científica, cerrando así el círculo virtuoso que le empujó a la cima mundial de la investigación matemática.
En torno a la iglesia de San Pedro de Ferreros, en el centro de Asturias, se formó una asociación en la que más de sesenta años después seguimos siendo amigos y seguidores de un vecino genial que sólo se acercó a aquel grupo cuando comenzó a rondar a Mari Luz García, la del Peralu.
A partir de entonces todo se desarrolló vertiginosamente. Mari Luz y Juan Luis se casaron, se fueron a Madrid y ahí ya empieza otra historia, la que tan justamente se homenajea estos días en Miraflores de la Sierra.
Un día en el autobús hacia Oviedo Juan Luis me preguntó qué quería estudiar. Cuando le dije que periodismo me dio una lección que, aunque no le haya hecho mucho caso, no he olvidado, al explicarme que para ser periodista no hacía falta estudiar una carrera específica, que lo importante era tener una buena formación y una curiosidad infinita.
En otra ocasión le pregunté yo qué esperaba él cuando cumpliese 80 años y me respondió muy convencido : "Que me peguen con un picachón en la cabeza". Hace unos días se lo recordé en Oviedo: "Por fin te pillé. ¿Dónde tienes el picahón?". Entonces me contestó con aplomo y feliz: "Es que entonces no esperaba encontrarme en tan buenas condiciones a esta edad".
Juan Luis Vázquez es hoy uno de nuestros grandes matemáticos, pero es también un formidable intelectual total a quien nada humano le es ajeno. Le gusta discutir con los paisanos en la calle o en un bar, como cuando creó una original aula de matemáticas en el pequeño pueblo de Bueño para mezclar las disquisiciones de los científicos con las experiencias y la sabiduría de la gente del campo. Tiene un afilado sentido crítico que mantiene en plena forma y es ante todo generoso y humilde porque sabe de dónde viene y que la genialidad no camina sola.
Así que el picachón espere sentado.
Felicidades, Juan Luis.
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