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Los jueces y el gallo de Morón

El "lawfare" judicial, a la luz de las últimas encuestas

La izquierda patria ha descubierto un nuevo deporte de riesgo: denunciar el lawfare cada vez que a un juez le da por leer unas páginas del Código Penal cerca de Ferraz. Al parecer, la separación de poderes era un concepto noble, hasta que la judicatura decidió que las causas por corrupción no prescriben por exceso de progresismo.

Ante este despropósito de magistrados empeñados en hacer su trabajo, el sanchismo ha decidido aplicar a la judicatura el viejo correctivo del gallo de Morón. Ya saben, aquel soberbio juez del siglo XVI que llegó al pueblo dictando sentencia al dicho de «donde canta este gallo no canta otro», hasta que los vecinos, profundamente conmovidos por su elocuencia, lo desnudaron y lo molieron a palos. De ahí el sabio refrán: quedar «sin plumas y cacareando».

Hoy, el corral monclovita pretende repetir la hazaña con todo juez atrevido que ose desafiar la melodía oficial. Al togado que investiga el entorno del Líder se le despluma en horario de máxima audiencia; al que pide pruebas, se le acusa de cantar fuera de tono y de servir a la "fachosfera". El objetivo es sublime: lograr una judicatura dócil, un tierno polluelo que solo pío-píe al alpiste del Ejecutivo.

La ironía es que, en su afán por dejar al poder judicial en los huesos, es el propio Gobierno el que corre el riesgo de quedarse en cueros, perdiendo el escaso ropaje institucional que le queda. Pero no se preocupen: si la justicia penal avanza, siempre nos quedará el consuelo de un corifeo de ministros cacareando el resultado de las encuestas de la prensa del régimen.

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