Opinión | Miel, limón & vinagre
Ramón Pérez
Leo Messi, el clavo ardiendo de los nostálgicos
Messi es el Informe Semanal, Messi es Jordi Hurtado, Messi es esa canción de Amaral que siempre la ponen cuando vas con prisas en el coche. Messi es la casa de tus padres. Messi te recuerda qué estabas haciendo un día cualquiera igual que te acuerdas dónde estabas el día de las Torres Gemelas o el del apagón. Messi ha sobrevivido a varias de tus parejas, a varios coches, a varios trabajos. Hoy ya no queda apenas nada de aquel tú de 2006, ni de lo que te rodeaba; quizás Messi y Raphael en Nochebuena. No mucho más.
No fue el cambio de siglo, ni de milenio, no hubo efecto 2000, ni tampoco acertó la predicción de los mayas; el año que cambió nuestras vidas fue 2006. Entonces no lo supimos, ahora lo corroboran los expertos. Hace 20 años que nuestra vida pegó un brinco, fue el punto de inflexión hacia el mundo que hoy conocemos. Se fundaron YouTube y Twitter, Facebook se abrió al gran público y se lanzaron a la venta la Play Station 3 y la Nintendo Wii, imprescindibles para entender el mundo actual del juego online. También fueron los últimos coletazos de la radio musical que conocimos, en la que Pereza, El Canto del Loco, Amaral y La Oreja de Van Gogh copaban los números uno de Los 40 antes del desembarco del reguetón. También se cargaron a Sadam Husein, detuvieron a Julián Muñoz y entró el carné por puntos. Para muchos, sin embargo, fue el año en el que Messi marcó su primer gol en un Mundial.
Para describir a Leo Messi (Rosario, 1987) hace tiempo que se acabaron los calificativos. Su atronadora carrera está jalonada de infinitos goles, títulos, jugadas imposibles y otros tantos reconocimientos. No le hacía falta ganar un Mundial para estar en el primer cajón del podio de los mejores futbolistas de la historia, pero, por si acaso, en Qatar 2022 se ocupó de que ese trofeo tampoco quedara por desbloquear. Y veremos si no cae otro más. Agotados todos los elogios, a Messi hoy lo idolatran aficionados mayores de edad que no habían nacido en 2006, cuando él ya marcaba goles en un Mundial. Para quienes todavía colocan a Maradona por delante, esto es irrefutable. Casi más que la larga montonada de goles, asistencias y balones de oro. Valdano, amigo, compañero y fiel defensor del Diego, definió esta rivalidad sana así: "Messi es Maradona todos los días".
Pero por encima de todo a muchos les gusta Messi porque es el último eslabón que les une con su yo de hace veinte años, cuando marcó su primer gol en una competición, el Mundial, de la que hoy es su máximo goleador. Al filo de los cuarenta años, el astro argentino estira su última gran competición, una especie de gira de despedida con todo vendido después de unos años en segundo plano, en el retiro dorado de la MLS que, para sorpresa de muchos, le ha valido para mantenerse en forma.
De joven fue un vistoso extremo regateador hasta que se reconvirtió en un jugador total, inteligente, brillante y goleador. Dominó todos los registros y futbolísticamente hablando no se le pueden poner peros; con cierta edad dosificó las galopadas a las imprescindibles y paseó con tanta velocidad mental que siguió sin que nadie le diera caza. Hoy manda en una Argentina campeona, lo hace con la complicidad de una selección hecha a su medida, dirigida con maestría por Scaloni y que ya ha presentado su candidatura a un Mundial donde sólo parece que podría toserle la Francia de Mbappé, que tarde o temprano le arrebatará el primer puesto de goleador de la competición. Algo tiene que dejar para los demás.
A Messi le quedan, a lo sumo, cuatro partidos en este mes de julio. Serán sus últimas grandes faenas. Tras su marcha a la liga norteamericana, toda una generación de aficionados enterró su juventud, asumió su edad y comenzó a meterse la camisa por dentro. En este tiempo el mundo ha hecho negocio de la nostalgia: ha vuelto Amaia Montero a La Oreja de Van Gogh, Dani Martín ha hecho giras homenajeando los primeros discos del grupo, ha salido una nueva de Toy Story e incluso ha regresado el Grand Prix con Ramón García. El golpetazo en la mesa del argentino en este Mundial ha sido el último grito de los melancólicos. Y gratis.
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