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La eternidad gloriosa de los Campos Elíseos

Un repaso por la Historia a cuenta de la semifinal del Mundial que disputarán España y Francia

Josefina Velasco Rozado es historiadora

Se jugará un homérico encuentro de fútbol entre Francia y España, o viceversa, coincidiendo con el Día de la Fiesta Nacional de Francia, 14 de julio. Es fútbol nada más. Y nada menos. Todo en ese encuentro es simbólico. La fecha y la rivalidad deportiva que hará que uno de los contendientes aspire a la gloriosa final del título mundial del deporte que más fervor público despierta.

Pero en el París de la Francia se conmemorará en el 14 de julio, como cada año, el hito revolucionario que marcó el inicio de la contemporaneidad en la tradicional división del estudio de la Historia. Los actos centrales se celebrarán en la "reina" de las calles. Aunque muchas ciudades del mundo tienen paseos, avenidas o lugares con ese hermoso y griego nombre mítico de Campos Elíseos los de París son arteria de elegancia y poder, como si en sí mismos quisieran recordar el paraíso a donde iban los valientes, amados de los dioses, librándose del tenebroso inframundo de los muertos corrientes. Al final de la larga y amplia vía embellecida, una plaza de la Estrella (Charles de Gaulle) está rematada con un emblemático Arco de Triunfo, esa construcción que en el imperio romano se reservaba a los vencedores de la historia patria. Y muchos grandes héroes franceses tienen en el parisino Arco grabado su nombre.

La eternidad gloriosa de los Campos Elíseos

La eternidad gloriosa de los Campos Elíseos

Desfilarán los ejércitos orgullosos en su Fiesta en esa hermosa avenida de la Ciudad de la Luz; y ese día de este año, lejos, al otro lado del Atlántico que une gentes diversas de pueblos hermanos, juegan sin armas, con ganas y un balón dos equipos de los dos países europeos vecinos que tuvieron, como todos los vecinos, muchos desencuentros y algunos encuentros memorables. Entre España y Francia hubo rivalidades y parentescos que reforzaron la vecindad. "Mi primo Francisco y yo estamos de acuerdo: los dos queremos Milán", confesaba el emperador Carlos V en el siglo XVI, enzarzados ambos monarcas en contiendas varias. Un también lejano siglo XVII firmaron los representantes de los reyes de ambos bandos, Monarquía Hispánica y Francesa, un Tratado de los Pirineos que ponía fin a un largo conflicto. Sucedía en 1659 y fijó la frontera entre los dos, de notable y estable antigüedad; la firma se materializó protocolariamante en un enclave llamado Isla de los Faisanes, en el fronterizo Río Bidasoa, siendo un curioso condominio hispanofrancés, ya que ambos se reparten su custodia y soberanía. Iniciado el siglo XIX una terrible Guerra de la Independencia dejó largas heridas; pero incluso los patriotas españoles, que ayudaron a redactar nuestra primera Constitución en 1812, fueron deudores de la francesa de 1791. A un lado y otro de la pirenaica frontera hubo exilios compartidos. ¡Cuántos españoles buscaron libertad, refugio y trabajo en Francia! Lucharon juntos contra opresiones y dictaduras o contra terrorismos desestabilizadores prestándose ayuda mutua, aunque en los idilios hubiera discordancias. Como siempre los accidentes geográficos que la historia política se empeña en alzar como barreras acaban siendo vencidos por las gentes que en ellos habitan. Y los Pirineos son montañas permeables aún en su dureza.

En la paz que esta Europa cuestionada por muchos y ansiada por mas disfruta desde hace tiempo, la rivalidad vecinal de España y Francia queda circunscrita, salvo puntuales tensiones, a las relaciones pacíficas. Y entre ellas, el deporte es fundamental. Esa es la rivalidad deseable, aunque en momentos pasionales se tiña de excesos. Si la avenida de los Campos Elíseos de Paris es objeto del deseo por su especial significado, ¿quién no recuerda el recorrido triunfal antiguo de Bahamontes, Perico Delgado o los repetidos de Miguel Indurain en los Tours; o las fotos de Rafa Nadal reinando con sus numerosos Roland Garros? Al igual la madrileña diosa Cibeles vio rodar por la Castellana a Jacques Anquetil y a Bernard Hinault. Podrían buscarse en las hemerotecas ejemplos de nombres brillantes y cada uno encontraría el suyo en su deporte favorito. El ciclismo francés tuvo precisamente su meta final masiva allí; y a los Campos Elíseos van los triunfadores de todas las otras disciplinas en las que se aúpa el humano orgullo.

Sin embargo, guste o no, si ya hace mucho hay un deporte que mueve montañas de dinero y fogosa adhesión ese es el fútbol. Se disuelven los antipatrias, salvo casos patológicos, y ondean las banderas como nunca ante un triunfo significativo del "deporte rey". Ahora ya, además, los grupos carecen de exclusiones indeseables, pues en ellos conviven colores, orígenes, nacionalidades y lenguas dispares. Los rivales de hoy serán compañeros en equipos deportivos mañana o tendrán un entrenador del país competidor. Como son los de ahora y están en el día a día, reconocidos referentes de jóvenes elogiados por tantos, obviamos citarlos. Los "guerreros del balón" en este combate concitarán atención mediática y pasión colectiva que, como deportiva que es, debiera anudarse en cuerdas de respetuosa alegría.

Todos, a un lado y otro de la frontera y según el diseño colorido de las banderas, queremos que "ganen los nuestros". Pero recordemos que, al día siguiente, en la coctelera de la vida, quedaremos mezclados nosotros y ellos.

Sin embargo, como manda la ceremonia obligada de los deseos, que en el feliz encuentro del martes triunfen los nuestros.

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