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Opinión

Una respuesta comunitaria y sostenida

La alarma, por sí sola, no mejora la comprensión del fenómeno ni fortalece su prevención

Susana Al-Halabí es profesora titular del Departamento de Psicología de la Universidad de Oviedo y coordinadora del grupo de investigación CIPRES

La lectura de estas series históricas exige prudencia. En suicidio, y especialmente cuando hablamos de población joven o de comunidades pequeñas como Asturias, pequeñas variaciones en números absolutos pueden producir oscilaciones muy visibles que no siempre reflejan cambios estructurales. Aun así, los datos nos recuerdan que no estamos ante un fenómeno nuevo ni reducible a una única causa, sino ante una realidad compleja y profundamente humana, en la que confluyen sufrimiento psicológico, condiciones sociales, vínculos, desigualdad, soledad y acceso a cuidados. Por eso la prevención no puede limitarse al ámbito sanitario, sino que necesita una respuesta comunitaria, educativa, social y de salud pública, sostenida en el tiempo y alejada del sensacionalismo.

La lectura de la conducta suicida en adolescentes y jóvenes exige especial prudencia. Las series históricas no avalan el relato de una supuesta ‘oleada’ inédita de suicidio juvenil. De hecho, si se observan los datos con perspectiva temporal, las cifras actuales están por debajo de las registradas en algunos momentos de los años ochenta y noventa. Esto no invita en absoluto a trivializar el problema, sino a evitar marcos sensacionalistas que simplifican una realidad mucho más compleja. La alarma, por sí sola, no mejora la comprensión del fenómeno ni fortalece su prevención. Al contrario, cuando el sufrimiento se convierte en un titular impactante pero descontextualizado, se corre el riesgo de oscurecer las condiciones psicológicas, relacionales y sociales que realmente necesitamos atender.

Si se observa la serie histórica, Asturias no parece mostrar en los últimos años los picos más altos de décadas anteriores. Ahora bien, sería un error interpretar esa relativa estabilización como un motivo para la complacencia. Detrás de cada cifra hay sufrimiento, impacto familiar y comunitario, y una necesidad clara de seguir reforzando la prevención y el acompañamiento.

No basta con preguntar cuántas personas mueren por suicidio. También hay que preguntarse en qué contextos viven, qué redes de apoyo tienen, qué barreras encuentran para pedir ayuda y qué condiciones sociales pueden estar intensificando su sufrimiento.

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