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El olimpo de los orcos metafísicos

Rebuscando en las estanterías apareció el viejo libro de Filosofía de COU. Y hojeándolo descubrí, casi medio siglo después, que en un alarde de sadismo pedagógico, el ministerio de Educación decidió ilustrar la cumbre del intelecto humano con una galería de retratos que harían dudar a un cirujano plástico. Aquello no era un plan de estudios; era un archivo policial de la metafísica.

Hegel te mira con la cara de un inspector de Hacienda que acaba de descubrir que tu tesis doctoral desgrava. Nietzsche y su bigote —un felpudo hiperbóreo— no anunciaban la muerte de Dios; anunciaban que el superhombre no necesita hilo dental. Parecía permanentemente enfadado con el fotógrafo, con el cosmos y con la espuma de afeitar. Y Sartre llevaba la náusea grabada en el estrabismo. Era imposible saber si miraba al vacío existencial o si vigilaba que Camus no le robara el cenicero.

Está claro que pensar deforma el maxilar. El propio Nietzsche soltó que "la verdad es mujer" y que los filósofos eran unos patanes cortejándola. Viendo el percal, lo raro es que la Verdad no se fuera del brazo de un un futbolista.

¿Y si el secreto de la sabiduría fuera, precisamente, tener cara de pocos amigos? Resolver el enigma del ser y el tiempo exige un nivel de estreñimiento intelectual que es incompatible con el bótox y la simpatía. El verdadero misterio del pensamiento de Occidente no es el Absoluto, sino entender cómo estos señores lograban encontrar un barbero lo bastante valiente como para acercarles una navaja al cuello.

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