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Un cordero en el matadero verde

La santidad climática, una entelequia que viene de Bruselas

Qué entrañable es la ingenuidad de Bruselas. En nuestro empeño por liderar la santidad climática global, decidimos desmantelar las centrales térmicas a golpe de BOE continental, sin reparar en un incómodo detalle: no hay plan B. Los datos de Eurostat de 2026 son demoledores: la producción química y automovilística languidece por debajo de los niveles de 2019, mientras pagamos el CO₂ a unos prohibitivos 80 euros la tonelada y el gas repunta tras el enésimo zambombazo en el estrecho de Ormuz. Destruimos nuestra capacidad fósil antes de que las alternativas sean viables, fiándolo todo a entelequias de película cara de ciencia ficción, como el hidrógeno verde, y a unas renovables con redes saturadas.

Mientras tanto, Pekín asiste al espectáculo frotándose las manos. Con un exceso de capacidad colosal, acceso directo a materias primas críticas y unos costes energéticos que harían llorar de envidia al indio de Arcelor, China está arrasando el tejido industrial europeo. Los aranceles de EE. UU. simplemente desvían ese tsunami de productos baratos hacia nuestras porosas fronteras. Mantener un déficit comercial de 400.000 millones de euros mientras pretendemos competir respetando escrupulosamente las normas de la OMC —que el resto del planeta ignora alegremente— es de un candor patético. En un mundo de lobos no se puede seguir yendo de cordero. Nos hemos atado una mano a la espalda para exportar pureza moral, mientras importamos de fuera la huella de carbono que aquí prohibimos. Los europeos acabaremos siendo los más limpios del cementerio industrial.

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