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¿Quién enseña al maestro?

El exagerado protagonismo de las faltas de ortografía en las oposiciones de Magisterio

Por circunstancias de la vida, uno ha tenido mucha relación con el mundo de los maestros. Alguna experiencia tengo, aunque sea por vecindad. Mi hermano y uno de mis primos fueron maestros. En mi adolescencia, tuve ocasión de comprobar lo difícil que era aprobar las oposiciones, de las interminables pilas de temas que había que estudiar, de la angustia en la espera de si se convocarían oposiciones o no, de los periplos de los eternos interinos por los remotos pueblos de Asturias hasta aproximarse a la localidad perseguida. Y siempre mal pagados, como recuerda el tan ancestral como popular dicho: "pasa más hambre que un maestro".

Me ha llamado mucho la atención la enorme publicidad que se ha dado a las faltas de ortografía cometidas en las últimas oposiciones: "boy", "abances", "surga", "llendo", "acer", "glovo" y un larguísimo etcétera. Da la sensación de que detrás de la difusión de estas "auténticas burradas" –en palabras de un miembro del tribunal– hay una campaña contra los maestros. Ignoro con qué fines.

Sobre estas faltas de ortografía sería necesario hacer varias precisiones. Parece que se han difundido así, al tun tun, sin ninguna matización. Nada más lejos de mi intención que disculpar la gravedad de estas faltas, pero mucho me temo que no son culpa exclusiva del opositor.

Primero, nadie ha dicho cuántos aspirantes han escrito, por ejemplo, "boy" por voy o "acer" por hacer. ¿Centenares, decenas, uno? Porque no es lo mismo si son una excepción o la norma. La sensación, al ver el titular tantas veces repetido, es que la falta la cometieron todos los que suspendieron. Cuando, con mucha probabilidad, puede que se trate de una errata o un despiste, y no una falta, de uno solo de los examinados.

Estos aspirantes a maestros con plaza fija no se formaron solos. Fueron formados por otros maestros y otros profesores. Pero no se atribuye la menor responsabilidad a quienes le formaron a ellos, a quienes les permitieron llegar hasta aquí a quienes controlaron sus planes de estudio. Por cierto, que nadie piense que este es un fenómeno exclusivamente asturiano. En comunidades como Madrid, se han detectado los mismos problemas lingüísticos y hasta las mismas faltas.

Como siempre, la administración se ha ido de rositas. ¿No hay ninguna responsabilidad de las consejerías de Educación? ¿Tenemos que esperar al último paso –las oposiciones– para darnos cuenta de que hay un problema grave en la formación de nuestros maestros? Es muy probable que durante los pasos y controles anteriores se hayan cometido muchas negligencias, al permitir que el problema se prolongue en el tiempo.

A los maestros siempre se les ha exigido demasiado. Se les culpa de todo lo que tiene que ver con la educación del alumno. Los padres han trasladado toda la responsabilidad a la escuela o al colegio. Se acusa al maestro de haber sido permisivo en la disciplina, de haber consentido la violencia, de haber mirado hacia otro lado en los casos de bullying, hasta de si los niños comen o dejan de comer en el comedor escolar. Hemos dejado al maestro solo frente a los graves problemas de nuestro niños y jóvenes. A más de un padre se le ha oído pedir que el profesor le quite el móvil a su hijo cuando son incapaces de quitárselo en casa.

El de las faltas de ortografía es un problema que se veía venir desde hace muchos años. Exactamente, desde que el móvil se convirtió en parte esencial de nuestro organismo. Ya sea por culpa del diccionario automático que nos corrige de forma caprichosa, porque el medio se presta a la informalidad o por mera dejadez, lo que está claro es que cometemos más faltas escribiendo en el móvil que escribiendo a mano la lista de la compra en un papel.

Hay un embrutecimiento social en todos los ámbitos. En los propios medios de comunicación, se escapan muchas faltas de ortografía; presten atención a lo carteles televisivos o a los exabruptos de muchos tertulianos. La propia Academia de la Lengua, con su política laxa de recoger lo que se dice en la calle en vez de establecer una normativa, no ayuda a limpiar y fijar el idioma. Y, por supuesto, la Administración, que tan poca atención presta a los docentes

No solo se trata de sueldos muy por debajo de la responsabilidad, sino también de la carga de burocracia a los docentes, del ninguneo al estrés que supone lidiar con clases numerosas y del empeño en difundir los tópicos sobre las muchas vacaciones o lo poco que trabaja el maestro, extendiendo la creencia de que su labor acaba cuando suena la campana que anuncia el fin de la clase.

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