Opinión
Y ser campeones otra vez
Sobre la apasionante final del Mundial que se espera
El 22 de junio de 1986 tenía 15 años y sobrevivía a duras penas al Bachillerato Unificado y Polivalente en el IES Calderón de la Barca. Era socio del Sporting y ese domingo de junio vi como toda mi familia menos yo había acudido a votar en unas elecciones generales en las que Felipe González volvió a ser elegido presidente con mayoría absoluta, aunque sufrió el desgaste de su paso del "OTAN de entrada no" al "bueno, ya que estamos…". Por la tarde me deleité en la segunda cadena con el Argentina-Inglaterra del gol y la mano de Dios que vengaba Las Malvinas. En la madrugada de ese domingo lloré al ver cómo mi idolatrado Eloy fallaba el penalti que nos iba a clasificar para la semifinal del mundial. Cuando se acercaba la tanda, mi padre, maestro en ponerse en lo peor, ya había anticipado el desastre. Cuando se consumió me llenó de rabia, tanto por el fallo del jugador del Sporting como por el "ya te lo dije yo" de mi progenitor. De Argentina 78 solo recuerdo que fue el motivo por el que mi tío Rafael trajo a nuestra casa la primera tele en color que tuvimos, una Lavis incombustible; y de España 82, el cabreo monumental de todo un país. Después pasé una época en la que el fútbol de selecciones no me interesaba mucho, quizá porque ni España, ni Inglaterra (que era mi equipo predilecto) hacían grandes cosas. Sufrí, eso sí, el codazo a Luis Enrique, que Juanele no jugara ni un minuto o que Abelardo no llegara a tapar el remate de Baggio en aquella eliminatoria contra Italia del Mundial de EE UU. El fútbol de selecciones podía no interesarme, pero los jugadores del Sporting sí. El Mundial de Corea lo viví sin pena ni gloria y me volví a enganchar a la selección cuando volvió a ganar y cuando otro sportinguista de corazón como David Villa se convirtió en el delantero perfecto que acabó con aquel debate eterno y centralista de "Raúl selección". Y así llegamos al mundial de invierno, al de Catar 2022, en el que me convertí en argentino durante un mes. En mi cabeza solo estaba la canción de "Muchachos" y familia y amigos me decían que me estaba saliendo acento argentino. En la final contra Francia recurrí a todos los elementos del pensamiento mágico que solo una persona futbolera puede identificar: lo miro por la tele, pero cuando Francia mete el primero quito la tele y pongo la radio y cuando empata decido no escuchar ni la radio, ni ver la tele. La prórroga no puedo verla y sin embargo decido que los penaltis sí porque los había visto contra Holanda y le había traído suerte a la albiceleste. En realidad, no lo saben en Argentina, pero ganaron el Mundial gracias a mis cábalas.
Y claro, mañana hay final España-Argentina y Messi sigue en activo. Yo le juré amor eterno e incluso me ofrezco diariamente para ir a arroparlo por las noches para que no se constipe y para que siga jugando al fútbol y mostrando la belleza de este deporte. Messi por un lado y la selección de España de Lamine y Nico Williams, que tanto hace rabiar a un sector de la población, por otro. La selección de Rodri y Fabián, de Cucurella, Borja Iglesias y Cubarsí; la selección de unos chavales normales que disfrutan y nos hacen disfrutar.
Lo que es seguro es que mañana no recurriré al pensamiento mágico. Gane quien gane voy a disfrutar y pierda el que pierda se llevará toda mi admiración y agradecimiento.
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