Opinión
"Motorín"
Siempre llegaba tarde a las ceremonias, aunque viniera en coche o moto. Pero se le disculpaba todo. Tal vez acababa de celebrar una misa o ayudar a atender un parto, pese a no ser ginecólogo ni sanitario. Su vocación frustrada era la medicina, a la que dedicó un cuarto de siglo de estudios por libre, aunque lo suyo iba más de intentar salvar almas. José María Bedia tan pronto te contaba lo bien que había quedado la sutura de una cicatriz a que le habría practicado a una vecina, que te soltaba un chiste de curas. Recuerdo ahora el del misionero en África que, buscando a alguien que le ayudara con la catequesis, preguntó a un hombre muy corpulento si le gustaban los chiquillos, a lo que aquél contestó que "sí, claro, como de todo". Te relataba con picardía que, cuando tomó los hábitos, tuvo la mala suerte de postrarse en el suelo de San Juan El Real de Oviedo justo encima de la rejilla del aire caliente, y pensó que palmaba.
Le apodaron "Motorín" por sus andares eléctricos y su personalidad hiperactiva. Asumía compromisos por doquier, y nunca defraudaba. Era breve y ocurrente desde el púlpito, y tantas décadas de servicio se saldaron con homenajes populares multitudinarios cuando cumplió cincuenta años de sacerdocio así como en su despedida fúnebre, hace diez años. Si la dimensión de una persona se mide por el vacío que deja al marchar, en el caso de "Motorín" hablamos de proporciones verdaderamente astronómicas. Su carisma trascendía las fronteras del Occidente de Asturias, y en sus últimos tiempos era habitual verlo caminar raudo por Oviedo con sus desgastadas sandalias. Dudo que haya familia que no tenga álbumes de fotos de sus bodas, bautizos o comuniones con su imagen. Y hasta los entierros los hacía amenos.
Como le tiraba el mundo de la salud, frecuentaba a los galenos que conocía, incluso compartiendo consulta con algunos de ellos. Terminó la mitad de la carrera en la Facultad de Medicina de El Cristo, tras obtener un permiso episcopal que no le fue fácil de conseguir. Y contrastaba en los veranos esa formación teórica con los facultativos de mi casa, que hacían lo imposible por explicarle la letra y la música de su quehacer profesional. Me acuerdo de la atención silenciosa que dispensaba a esos comentarios técnicos, sin pestañear.

José María Bedia. / LNE
Escritor de comedias costumbristas con gracia, razonable organista, era también un eficaz electricista, mecánico o jardinero, entre otros múltiples oficios. Su coche sólo tenía libre el asiento del conductor, repleto de cachivaches de lo más diverso. Chispeante conversador, sabía salir de cuestiones polémicas o controvertidas con un sentido del humor nunca exento de bondad. Hasta los asuntos de actualidad más graves merecían esa sonrisa que los relativizaba. Don José María, o Tío Pepe, era desde luego la alegría de la huerta, la simpatía personificada o elevada a la máxima potencia.
Tenía en su móvil la sintonía del graznido de un pato, para reconocer antes que le llamaban a él. No he conocido a nadie que tenga o haya tenido semejante melodía, porque "Motorín" era mundial. Un tipo irrepetible que convertía lo más solemne en natural, sin guiños hacia lo ordinario o zafio.
En una de las últimas misas oficiadas por él a la que asistí, un funeral, señaló con profunda espontaneidad que el difunto ya sabía si había algo o no había nada tras su desaparición física. Don José María Bedia cumple diez años conociendo de primera mano ese misterioso enigma, que tanto ayudó a revelar en vida a sus feligreses, con entera sencillez y empatía. Por eso la década que ha transcurrido desde su ausencia ha pasado volando. Como lo hizo "Motorín" mientras vivió.
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