Opinión
Agua cristalina
Sobre el control fundamental de la bahía
Pasé los veranos de la infancia yendo en trajebañu a los pies de la Escalerona, bajando por las escaleras más próximas al Náutico, claro. Tempranín por supuesto -ir a la playa después del mediodía siempre me pareció de mal gusto- y pendientes de si a las once comenzaba a soplar el nordeste. La pandilla estival, hoy ya familia, nos entreteníamos con gran facilidad. O bien toreábamos con las toallas cuando se acercaba la feria de Begoña -igual hoy nuestros padres irían presos si de algún cabestro dependiese- o bien saltábamos las sillas y bolsas de nuestras madres, dispuestas de tal forma que nos creíamos Avelino Rodríguez Miravalles, cuando por la megafonía del arenal se escuchaba la "Marcha Radetzky" para anunciar el hípico de Las Mestas llegando el final de agosto. A veces, las menos, porque implicaba estar sentado, hacíamos castillos de arena que nos salían berrendos en negro. Alrededor no había sombrillas y se sucedían las conversaciones sobre lo que el año depararía al Sporting. Más allá de vivir prácticamente en el agua cuando terminábamos de jugar, y siempre que la marea no nos echase de la playa (no, nunca fue una opción cambiar de escalera), una de las "excursiones" más prestosas era ir al pedreru de San Pedro las mañanas de bajamar. De aquella, los perros no pisaban ni la roca ni el ocle, los aviones no impedían el calonín y los socorristas no estaban como los gorrillas en un parking. Tampoco había medusas ni carabelas portuguesas, pero sí recuerdo aún la "cornada" que me pegó un pez escorpión a la altura de la Rampla. De niños íbamos con el truel y el calderu para echar el tiempo en recoger quisquilles y "sapes", como eses que el célebre Emilio Ceínos y compañía recogió en su día, pintándolas de rojo y blanco para echarlas a andar por la calle Uría de Oviedo antes de un derbi. Todo volvía siempre al mar antes de marchar al vermú, tranquilidad. Pero nunca como hasta ahora vi tan limpia y cristalina el agua de la bahía de San Lorenzo y es de justicia reconocer el trabajo que se ha realizado en los últimos años desde el área de Medio Ambiente del Ayuntamiento, con concejales de IU y PP bajo alcaldías de PSOE y Foro respectivamente.
En una playa donde todavía se pueden construir castillos de arena más oscuros que en la playa del Janubio el Lanzarote, conviene no bajar nunca la guardia. La mejora gracias a la renaturalización del Piles, la puesta en marcha de la depuradora del Pisón (uno de los mejores ejemplos para explicar la historia reciente de la ciudad) y el pozo de tormentas de Hermanos Castro, por ejemplo, ha sido evidente. A día de hoy quizás solo El Musel impida que la playa de San Lorenzo tenga bandera azul. Al menos, se han puesto las pilas en los últimos años y han dejado de hacer el ridículo atribuyendo el carbón al "Castillo de Salas". No obstante, Gijón no debería renunciar a conseguir esa distinción que desde hace casi tres décadas luce, sin ir muy lejos, el Puerto Deportivo. Pero noticias como la de esta semana, en la que se ha detectado un vertido de piezas plásticas en el entorno del Arbeyal encienden todas las alarmas. El Ayuntamiento debe ser beligerante al respecto y la Autoridad Portuaria más ambiciosa. No se puede dar un solo paso atrás en todo lo que se ha conseguido y hay que perseguir cualquier resto inusual que llegue al mar. Quizás deba haber inspecciones y controles de la calidad del agua más allá de la temporada de baños. Cuanto más limpia esté el agua, mejor para meter la cabeza y refrescar las ideas y, especialmente, dejar así de escuchar sandeces de quien reparte lecciones de moralidad a diario y a palae, como les que antaño se sacaben con oricios del pedreru de San Pedro. Hasta mayo de 2027 se nos va a hacer más largo que un día de bandera roja por las mareas de San Agustín. Y eso que ahora están entretenidos con el fascinante hermano de Lamine.
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