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Un PSOE irreconocible

En qué ha convertido el sanchismo a un partido político esencial para la democracia

El PSOE ya no es un partido político: parrece más bien un envase de plástico reciclable. Conserva las siglas por pura nostalgia comercial, pero dentro ya no queda rastro de ideología ni de vida orgánica. Todo fue cuidadosamente desinfectado para no molestar al inquilino principal. El sanchismo no reformó el socialismo: lo disecó con maestría, quedándose con la carcasa para decorar los mítines.

Aquel lejano comité federal de 2016 fue el último día en que el partido cometió el imperdonable pecado de discutir y de llegar casi a las manos. ¡Qué ordinariez! Desde entonces, el PSOE ha abrazado una armonía sobrenatural, digna de una secta de autoayuda o de un tanatorio de lujo. Nadie discrepa, nadie duda, nadie respira sin permiso. Es la paz de los cementerios, pero con música chill-out.

El manual del buen militante es sencillo: se permite perder elecciones, traicionar programas enteros, gobernar con prófugos y filoterroristas y aplaudir hoy lo contrario de ayer. Lo único intolerable es pensar. La crítica ahora es sabotaje; el pensamiento propio, un vicio fascista. Y todo envuelto en esa maravillosa retórica de la fábrica del fango. Apártate, que me tiznas.

Pedro Sánchez no conquistó el partido: lo ocupó y cambió los órganos de debate por un coro de palmeros. El resultado es un PSOE dócil y reversible, diseñado para no incordiar la paz del Líder Supremo. Quien espere una rebelión interna puede ir tomando asiento: el experimento ha sido un éxito rotundo. Queda un partido perfectamente disciplinado, irrelevante y eterno. Como el formol.

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