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El fútbol como ilusión óptica

¿Podría alguna vez parecerse el país a su selección campeona de fútbol?

Cada vez que España levanta un trofeo futbolístico, se produce una ilusión óptica fascinante. Durante noventa minutos —y en la resaca festiva posterior—, el país asemeja a una maquinaria perfecta de talento, solidaridad y brío colectivo. En el césped no hay espacio para la estridencia: hay minuciosidad táctica, generosidad en el esfuerzo y una fe ciega en que el bien común está por encima de los egos individuales.

Sin embargo, la liga que se disputa en los escaños políticos es marrullera al modo argentino. Allí, el tiquitaca se convierte en patada a la espinilla, el pase diagonal en fuego cruzado y la estrategia en un ejercicio asfixiante de cortoplacismo. La política española se ha vuelto adicta a la trinchera y al espectáculo del agravio. Mientras en la selección la diversidad suma, en el debate público el consenso se castiga.

Resulta revelador ver a una sociedad capaz de entenderse y abrazarse por un gol en el minuto 116, mientras sus representantes son incapaces de acordar lo básico en sanidad, educación o vivienda. Exigirle a la clase política que gobierne con la madurez y la altura de miras de un equipo campeón no es una utopía candorosa, sino un mínimo exigible.

El problema es que para jugar en equipo se requiere humildad, disciplina y un patriotismo de veras que busque que al de al lado le vaya bien, viva donde viva y piense como piense. Hasta que la política no entienda que su labor consiste en pasar el balón y no en desinflarlo para que nadie juegue, la verdadera España campeona seguirá atrapada en el rectángulo de césped.

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