Opinión
De repente, una mancha
Volvía a casa de noche y de repente reparé en ella. Era gorda y silenciosa. No sabía desde cuándo estaba allí. Me asusté y estuve a punto de gritarle. Una mancha. A traición. Por la cara. En el pecho, adornando la camisa blanca.
Tal vez mis compañeros de almuerzo habían reparado en ella y no me habían dicho nada. O tal vez fueron los asistentes a la reunión vespertina los que la advirtieron y callaron por respeto o vergüenza. La mancha no iba a pasar a la historia por su originalidad. Era gorda, ya lo he dicho. Marrón. Parecía haber tendido, cuando estaba fresca, a ocupar otro centímetro de la tela de la camisa hacia abajo. Había sido contenida.
Las manchas no tienen DNI o pasaporte así que no pude averiguar su procedencia. Su lugar de nacimiento estaba claro: mi camisa. Su procedencia tal vez era un poco de ketchup o de sopa. La mancha aspiraba a llegar a casa, como yo, sana y salva. No he estudiado mucho la mentalidad de las manchas, pero estoy seguro de que sabe que puede llegar a casa pero no puede salvarse de la lavadora. Se han dado casos, claro, pero esta no parecía una mancha persistente. Un poco okupa, sí. Un poco flamenca, un poco chula la mancha, no llevo ni la mitad del artículo y ya me tiene frito la mancha, joder con la mancha, ya me ha puesto de malhumor. Todo va bien en la vida hasta que te miras la camisa y la ves. O las ves. Claro que peor sería no tener camisa.
La vuelvo a mirar. Con la cantidad de cosas que tengo que hacer y no paro de mirar la mancha, que me está chupando las energías y la atención. Se me viene a la cabeza La mancha humana, novela de Philip Roth del año 2000, película en 2003 con Anthony Hopkins y Nicole Kidman. Siempre me ha inquietado ese título. Mas me inquieta no haber visto la película ni leído el libro. Es la historia de Coleman Silk, un hombre entrado en años que encuentra a Nathan Zuckerman, y le pide que le ayude a escribir su historia. Su esposa acaba de fallecer. Ahora me parece más urgente leer ese libro, aunque a Roth lo tenga trabajado, que eliminar la mancha. A lo mejor todo es una señal del destino. Todo no, la mancha. Una mancha traicionera, que no se sabe cuándo ha nacido. Gorda. La mancha es una enmienda al blanco. El color blanco tiene más enemigos que Donald Trump, si bien éste se tiene bien merecidos los enemigos. La mancha solo tiene un enemigo, que soy yo. Un enemigo que incluso está dispuesto a pasarla por alto si se fuera. O fuese. Con la lavadora. Suena mi teléfono. Es uno de los compañeros de almuerzo.
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