Opinión
¿Selección inversa?
Crecen las barreras de acceso a la participación política
Dentro del ciclo electoral permanente en el que vivimos, todas las organizaciones políticas perfilan ya sus candidatos. Sea cual fuere el método de selección, lo cierto es que previamente tienen que existir personas dispuestas a ser elegidas. Son las élites que liderarán y dirigirán los proyectos locales, autonómicos y estatal.
Los estudios de opinión llevan tiempo constatando el malestar de la ciudadanía con sus representantes. Una crónica insatisfacción que es alimentada por una variedad de patógenos oportunistas que abrazan el populismo y la simplificación, y que sólo puede ser combatida con la vacuna de la democracia militante, aquella que está preparada para defenderse de sus enemigos íntimos. Pero esto requiere de algo más que lamento e insatisfacción, necesita de compromiso ciudadano.
Sin admitir que la política haya entrado en un bucle degenerado del que huyen los mejores, conviene señalar que hoy, las barreras de entrada son mayores que en el pasado. Tres son los factores que más jibarizan el campo de la participación política: la polarización, el coste reputacional y el ciclo cerrado de la política.
La polarización llegó también a la vida de las organizaciones políticas. Los sistemas de elección son más plebiscitarios, la influencia emocional de las redes es más importante, y el objetivo ya no se sitúa en el votante medio. Los nuevos lideres tienen que gestionar a menudo, estructuras fragmentadas, e internamente polarizadas. Este clima de polarización no sólo dificulta el debate interno sosegado, también frena la aportación externa de nuevos cuadros, incluso a las tareas de gobierno, donde un peyorativo etiquetado ideológico no permite preservar la condición de independiente.
Por su parte, el coste reputacional ha subido exponencialmente. La política siempre fue un territorio donde sólo existe el tiempo presente -el espacio privilegiado para la cancelación-, pero la devaluación de la figura del político ha alcanzado cotas insospechadas. La denuncia instrumental, el estigma del privilegio, la presión mediática y la polarización afectiva suponen dificultades añadidas a las propias de una función que lógicamente debe estar sometida a permanente escrutinio público, que no a sospecha.
Por último, el ciclo cerrado de la política. Nuestra sociedad emocional reclama políticos no profesionales pero que actúen como si lo fueran. Simplemente, no es posible. La salida de la actividad está penalizada, no por las incompatibilidades, sino por las dificultades de incorporación a una actividad profesional. Porque en la práctica, sólo la condición de empleado público favorece la entrada y salida de la actividad. Hay otras barreras de entrada, pero de debate incomodo, como la propia retribución de las responsabilidades públicas. Cuando la actividad política tiene barreras de entrada y salida tan poderosas, quedan en ella personas de un altísimo compromiso y valor social, de una entrega y de un sacrificio personal envidiables, meritorio. Pero algunos -a veces demasiados- quedan atrapados en ese círculo, como aquel párroco de Valverde de Lucerna, donde Unamuno mostró la tragedia de Don Manuel Bueno, que dudó de la propia existencia de Dios. Y de ahí no se puede entrar ni salir, simplemente es el drama de permanecer, que requiere más esfuerzos incluso que el de ser elegido.
Las barreras de la participación política y de la captación del talento no son fijas, se pueden mover y cambiar. No está escrito un proceso de selección inversa sin retorno, pero nuestras sociedades deberán hacer frente a debates incomodos, reformas audaces y mayor compromiso y exigencia, porque elegir, supone, además de un insustituible ejercicio democrático, seleccionar a los mejores.
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