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Un asturiano universal

La distinción a Francisco Rodríguez, un empresario extraordinario

Paulino Tuñón Blanco es catedrático jubilado de la Universidad de Oviedo

El rey Felipe VI ha distinguido recientemente a Francisco Rodríguez García, fundador y presidente de Industrias Lácteas Asturianas –Ilas-Reny Picot–, con la Orden del Mérito Civil. La propuesta partió del presidente del Principado, Adrián Barbón, y contó con el respaldo de todos sus antecesores en el cargo, una unanimidad que da todavía mayor valor al reconocimiento.

Dadas las muchas distinciones que Francisco Rodríguez ha recibido a lo largo de su extensa trayectoria humana y empresarial, me imagino la alegría y la satisfacción con las que habrá acogido este nuevo honor. A ellas me sumo de corazón, como estoy seguro de que harán sus numerosos amigos y todas las personas que han tenido la oportunidad de conocerlo.

Francisco es un hombre dotado de una amplia cultura humanística, cualidad a la que se añaden su lealtad y fidelidad hacia los amigos. Ha ejercido también como mecenas generoso y ha sido siempre un entusiasta de las tertulias en las que, desde la calidad humana y cultural, se abordaban problemas de muy diversa índole con el propósito de buscar soluciones y servir al bien común. Algunas de aquellas reuniones llegaron incluso a congregar a un grupo que sus participantes bautizaron como "los Quijotes".

Personalmente, tuve la fortuna de conocerlo en la Universidad de Oviedo, institución que el 12 de junio de 2015 lo invistió doctor honoris causa por su prestigio y sus relevantes méritos empresariales. Entre 2018 y 2020 tuve ocasión de tratarlo con mayor frecuencia en reuniones vinculadas a la vida universitaria.

Fue entonces cuando me impresionaron su forma de trabajar, la sensatez de sus propuestas y su constante preocupación por el buen servicio que la Universidad debe prestar a la sociedad. Desde aquellos años no hemos perdido el contacto, aunque no siempre me haya sido posible asistir a los numerosos actos en los que ha recibido homenajes y distinciones.

Siempre me cautivaron su oratoria y la cuidada estructura de sus conferencias.

Recuerdo también con especial afecto el pregón que pronunció en nuestras fiestas del barrio de La Guía, en Gijón. En cada intervención dejaba constancia de su cultura, de su experiencia y de una capacidad poco frecuente para explicar con sencillez cuestiones complejas.

Francisco Rodríguez es, ante todo, un extraordinario empresario, siempre abierto a la innovación. Él acostumbra a atribuir buena parte del éxito de la compañía al gran equipo humano del que ha sabido rodearse. Así debe ser, porque ninguna gran empresa se construye sin la entrega de muchas personas. Pero también es justo reconocer que su visión, su inteligencia y su capacidad para adelantarse a los tiempos han sido fundamentales para convertir un pequeño proyecto industrial en una compañía de dimensión internacional. Y todo desde Anleo, en Navia, lugar que nunca ha abandonado. Ni abandonará.

Por sus méritos empresariales, y por muchas otras cosas que podría contar –cómo olvidar, por ejemplo, aquellos paseos por Segovia amenizados por su conversación–, considero un extraordinario acierto que la Corona haya distinguido a Francisco Rodríguez.

Se reconoce así no solo a un empresario de éxito, sino también a un asturiano universal, a un hombre de conocimiento, a un eterno emprendedor y luchador y, sobre todo, a un amigo leal y generoso con sus amigos.

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