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Cenizas en la trinchera

La batalla política aún cuando el incendio forestal apremia

Mientras las llamas avanzan sin tregua y amenazan con cercar la capital, el balance de la  oleada de incendios no solo se mide en hectáreas calcinadas, sino en grados de desolación institucional. España atraviesa una de las peores crisis ambientales de su historia reciente. Sobre el terreno, cientos de bomberos, brigadistas y efectivos de emergencias despliegan un esfuerzo abismal, exhaustos y al límite de sus fuerzas. En las altas esferas, sin embargo, la escena que se presencia resulta descorazonadora.

En lugar de ofrecer una respuesta unívoca, volvemos a presenciar el cruce de reproches y descalificaciones entre la presidenta de la Comunidad de Madrid y el ministro de Transporte. Resulta lamentable comprobar cómo, con el humo inundando el cielo capitalino, la prioridad política siga siendo el cálculo de desgaste electoral y la contienda de partido. La guerra de trincheras cobra un tinte trágico cuando se contrapone a la urgencia de una emergencia nacional.

El fuego no entiende de competencias administrativas, fronteras autonómicas ni siglas partidistas. Arrasa montes, destruye economías locales y pone en peligro vidas humanas por igual. En momentos de máxima angustia, la sociedad no exige milagros, pero sí altura de miras, lealtad institucional y sentido de Estado. Cuando el ruido político asfixia la cooperación, las grietas en la gestión las termina pagando el ciudadano.

España necesita que sus dirigentes estén a la altura del sacrificio que se realiza en primera línea de extinción. Para sofocar las llamas hace falta unidad de acción; para apagar la crispación, se requiere voluntad política.

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