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La España que sabe decir "nosotros"

En la selección juega quien lo merece; la capacidad, el trabajo y la disposición para servir al equipo pesan más que cualquier etiqueta. En la política española, y también en la asturiana, ocurre demasiadas veces lo contrario

Los jugadores españoles levantan la Copa del Mundo.

Los jugadores españoles levantan la Copa del Mundo.

España ha vuelto a ganar un Mundial de fútbol porque supo hacer justamente lo que sus dirigentes políticos han olvidado: sumar diferencias, anteponer el esfuerzo colectivo al interés particular y convertir la diversidad en una fortaleza. La selección española acertó a construir un nosotros abierto, exigente y generoso; España, el país, mientras tanto, permanece atrapado en una oscura polarización que cercena el entendimiento y el éxito. Y tampoco Asturias acaba de encontrar su modelo de juego.   

El seleccionador Luis de la Fuente dijo durante las celebraciones que la clave del éxito estaba en que, antes que de buenos jugadores, el Mundial lo había ganado un grupo de buenas personas. La selección ha recuperado la verdadera esencia del patriotismo, el de la buena gente que trabaja por el bien común. Porque el equipo siempre es más que la suma de sus partes.

El triunfo de la selección no admite una lectura ingenua. El fútbol no resolverá los problemas de España ni debe utilizarse como anestesia sentimental. Pero los campeones han ofrecido algo más que una sucesión de victorias: han mostrado una forma civilizada y eficaz de convivir, competir y reconocerse. Procedencias distintas, caracteres diversos, maneras diferentes de entender el juego y una misma camiseta. Nadie tuvo que renunciar a lo que era para formar parte de algo mayor.

Ese es el "nosotros" que necesita España. No el que uniforma, excluye o exige certificados de pureza, sino el que integra desde una meta compartida. La diversidad bien entendida no consiste en levantar compartimentos estancos ni en convertir cada diferencia en una frontera. Consiste en aceptar que sensibilidades, culturas y biografías distintas pueden enriquecer un proyecto común cuando existen reglas, lealtad y voluntad de cooperación.

Los triunfos de la selección provocan siempre una recuperación espontánea de los símbolos compartidos. No hay nada censurable en ello. Al contrario: una comunidad necesita motivos para reconocerse y celebrar unida. Pero ese orgullo de pertenencia, tejido sobre el césped por un grupo de jóvenes jugadores con solidaridad, disciplina y conciencia de la importancia de cooperar, debería trascender el instante de la victoria.

Cuando cientos de miles de personas corean al unísono "soy español, español, español", esas palabras no deberían expresar una identidad levantada contra nadie, sino la voluntad de pertenecer a un país capaz de sumar. Ser español, en el sentido más fértil y moderno, habría de significar aceptar al diferente, reconocer el mérito ajeno, ayudar al compañero y comprender que ningún éxito duradero se construye desde la exclusión. La camiseta común no borra las identidades particulares: les da un espacio en el que encontrarse.

En la selección juega quien lo merece. La capacidad, el trabajo y la disposición para servir al equipo pesan más que cualquier etiqueta. En la política española, y también en la asturiana, ocurre demasiadas veces lo contrario. Antes de escuchar una propuesta se mira quién la formula; antes de valorar una idea se identifica el color de quien la defiende. El adversario deja de ser un interlocutor legítimo y pasa a convertirse en un enemigo. Así, el Parlamento degenera con frecuencia en una batalla campal de sordos.

Asturias no tuvo esta vez futbolistas sobre el césped, pero sí estuvo presente en la estructura menos visible del éxito. El médico Óscar Celada, el segundo entrenador Juanjo González y los profesionales audiovisuales Álvaro García Cuesta y Borja Medio formaron parte de una expedición en la que cada tarea resultó necesaria. También en esa presencia existe una enseñanza: los triunfos colectivos no pertenecen solo a quienes aparecen en la fotografía principal. Es, de nuevo, la fuerza del grupo.

España celebró unida porque la selección representó a un país plural sin convertir esa pluralidad en pelea. Conviene que la emoción no se consuma con los festejos. Cooperar no es rendirse, pactar no es traicionarse y reconocer el mérito ajeno no supone una muestra de debilidad. Tampoco en Asturias. El verdadero sentido del "soy español" está ahí: no en gritar más fuerte que el otro, sino en aprender a jugar, a trabajar y a convivir con él.

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