Opinión
Tiempo muerto
Empiezan las vacaciones, los turistas van y vienen, llegan las diversiones propias del verano, los incendios, algún que otro accidente, y la vida política pierde presión y se toma un relativo descanso. Los partidos y la prensa rebajan la tensión, inducidos por el deseo de darse un respiro de los ciudadanos, que agradecidos tratan de distraerse y disfrutar. Los españoles haremos lo posible por olvidarnos durante unos días de la política. Pero somos muy conscientes de que la dejamos en una situación que nos resulta desconocida. Políticamente, el país está bloqueado. Esta es la conclusión que se extrae de un sencillo examen de la actividad del Ejecutivo y del Congreso, que coincide con la apreciación subjetiva de una mayoría a través de las encuestas, el medio, junto con las redes sociales, que prefieren los ciudadanos para expresar sus inquietudes y desahogar su estado de ánimo.
La parálisis del Gobierno se ha confirmado de nuevo. Los objetivos de estabilidad presupuestaria, de deuda pública y de límite de gasto no financiero de las administraciones públicas que propuso al Congreso han sido rechazados por segunda vez, lo que hace muy improbable que obtenga la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado para el próximo año, si finalmente, como ha prometido, presenta el proyecto para abrir una negociación que se antoja frustrada antes de entablarse. En las cuestiones de mayor relevancia política, el Gobierno choca con una mayoría parlamentaria en contra, que le reclama la convocatoria de elecciones o la dimisión del presidente y, sin embargo, no se pone de acuerdo para plantear una moción de censura. Por su parte, el Congreso, con la iniciativa legislativa del Ejecutivo reducida a mínimos, acaba de aprobar una reforma de su reglamento, impulsada por los grupos nacionalistas, que rebaja los porcentajes de voto necesarios para formar grupo parlamentario.
Falta un año para que termine la actual legislatura y Pedro Sánchez parece dispuesto a alargar hasta el último día la agonía del Gobierno. Un diario ha publicado que estaría estudiando la manera de prolongarla más allá, tomando como referencia la fecha de constitución de las Cortes y no la de celebración de las últimas elecciones. La conjetura contradice la palabra dada por él mismo, cuando admitió ante los periodistas que si no conseguía la aprobación de los presupuestos pensaría en tomar una decisión al respecto. El caso es que llevamos atascados en esta situación, un gobierno visiblemente disminuido por un Congreso adverso y desactivado, desde que Junts se pasó a la oposición.
La corrupción ha reaparecido y el Gobierno, por añadidura, se ve envuelto en una atmósfera sucia, que hasta el momento no ha sido capaz de despejar. Vistas las reacciones que ha suscitado, la comparecencia en televisión de Zapatero no ha convencido a nadie. Y la sospecha que ha caído sobre él alcanza al Gobierno. Ni uno ni otro han ofrecido las explicaciones que esperan los ciudadanos. Los indicios de actuaciones que pudieron haber infringido la ley son sólidos y la respuesta, consistente en negar, insinuar sobre la motivación de los jueces, ocultar tras cortinas de humo y toda una panoplia de tácticas defensivas, inspiran poca confianza, resquebrajada ya en las filas de la izquierda.
La conducta de Pedro Sánchez, aparte de un sinfín de emociones encontradas, ha despertado curiosidad. Desde luego, su relación con el poder es digna de estudio. Si, como se pronostica, estuviéramos asistiendo a su despedida, será un adiós diferente al de todos sus predecesores en el cargo, por las circunstancias que lo rodean y, sobre todo, por la actitud personal y política que ha adoptado. Pero a propósito del aguante de Pedro Sánchez, elevado casi a la categoría de leyenda, hay una cuestión mayor sobre la que convendría reflexionar. Una tumbona, una excursión por la montaña, el callejeo sin rumbo fijo, una experiencia gastronómica, una puesta de sol o el no hacer nada proporcionan la serenidad necesaria para hacer que fructifique. Desde cualquier ángulo que se mire, la situación política de España es anómala. Los españoles lo percibimos así y manifestamos nuestra disconformidad en distintas formas. Pero no hemos sido capaces de poner una solución al problema. Ni se utilizan los mecanismos institucionales disponibles, ni logramos corregir el comportamiento de los actores políticos. La democracia española, hasta este momento, no está superando la dura prueba a la que está sometida. ¿Será, acaso, porque nuestra cultura democrática no ha madurado lo suficiente y es aún endeble?
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