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Los unos a las urnas, los otros a las celdas

Los negociadores de la ley de amnistía: los delincuentes se salvan y los chorizos va a la cárcel

La política española ya no se rige por el derecho constitucional, sino por el esperpento más despiadado. El gran éxito de la factoría sanchista ha sido diseñar un magistral intercambio de cromos judiciales que ni el mejor guionista de humor negro habría osado firmar. La ley de aministía se antoja palmario ejemplo.

En un lado de la mesa de negociación se sentaban Junqueras, Turull y Puigdemont. Los dos primeros, condenados por malversación e inhabilitados hasta 2031; el último, un prófugo con alergia crónica a los tribunales españoles. Hoy, gracias a la magia de la supervivencia parlamentaria, este trío de proscritos no solo dicta el destino de la legislatura desde despachos oficiales o Waterloo, sino que camina con paso firme hacia un perdón carcelario que los dejará limpios como la patena.

Lo fascinante empieza al mirar al otro lado de la mesa. Santos Cerdán y José Luis Rodríguez Zapatero, los abnegados fontaneros que arrastraron la dignidad del Estado por hoteles discretos para tejer la "reconciliación", recogen ahora los frutos de su audacia.

Mientras los secesionistas descorchan el champán con la reputación restaurada, sus interlocutores socialistas avistan un horizonte vital entre barrotes. La paradoja es de una ironía sublime: quienes diseñaron el perdón penal están ahora imputados, en la cárcel o camino de ella por tramas de corrupción.

El gran éxito del sanchismo consiste, ya ven, en un asombroso sistema de vasos comunicantes donde los delincuentes salen absueltos por la puerta grande y sus benefactores entran esposados por la de atrás. Qué país…

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