Opinión
Asturianeando
Manzanillos, foriatos o forasteros en los veranos de la región
A los que venían de fuera en verano se les llamaba manzanillos en mi pueblo, en sentido no necesariamente cálido. En otros lugares eran los foriatos o forasteros, siempre con tibia aceptación. Había grados en dicha condición: los procedentes de localidades más cercanas no tenían tanto rechazo. Y los de muy lejos nutrían la categoría de seres a los que se miraba como a un unicornio. Daba igual que unos u otros dejaran sus buenos cuartos allí: el manzanillo era visto con recelo por razones complejas de explicar, y que darían para un libro de sociología, pero de los gordos.
Había foriatos que lo eran menos al saber integrarse con naturalidad en la sociedad que les acogía. Nunca dejaban de serlo del todo, pero pasaban algo más desapercibidos. No pocos llegaron a fundar familias como consecuencia de esa fusión de culturas urbanitas y rústicas. Y no dejaban jamás de asturianear en origen cada año, junto a los frutos de tales vínculos.
Característico del asturianeo de ayer y del presente, protagonizado por los de aquí y los de allá, era huir de aglomeraciones previsibles, para trasladarlas a otros sitios y convertir a la región entera en una colmena estival intransitable. En especial en los días encapotados, los numerosos forasteros de costa continúan colapsando ciudades o aldeas de interior, incluso en las comarcas despobladas, con vecinos que descubren esas semanas lo formidable que es vivir acompañados solo por cuatro gatos.
El aluvión de asturianeantes también se agolpa a diario en un parque hostelero precisado de potenciar, y en el que a veces ha de reservarse mesa en el mes de enero si se desea para agosto. Ya no te tiran la comida por la ropa sin disculparse, como con gracia me resumía Marcial Fernández sobre la atención al cliente en los chigres del Principado de antaño, sino que ahora se esmeran por ofrecerte un servicio acorde al precio de sus platos, aunque haya excepciones que los consumidores comparten muy cabreados por las redes. Al hospedaje tradicional se han venido a sumar infinitos inmuebles de uso turístico en ocasiones con controvertida convivencia residencial, y caravanas o furgonetas con ventanillas acolchadas que convierten a las caleyas y autopistas en un eterno scalextric, desabasteciendo de laterío a los ultramarinos donde recalan.
El asturianeo de antes era más de timbas de cartas, partidas de dominó o ajedrez después de comer, en unos cafés que olían a tabaco de picadura. Eso ha sido sustituido hoy por tardeos digitales en terrazas donde nadie se habla ni se mira, y en las que chiquillos hacen ruido con el móvil incordiando a otras mesas, sin corrección paterna alguna, porque ellos están igual de empantallados que sus tiernas criaturas.
En las playas, aparte de madrugar para asegurarte el aparcamiento a las horas que quieres ir, has de elegir igualmente aquellas en las que sepas de antemano que no abundan usuarios con estilos demasiado incompatibles a los tuyos, o que al menos no te conviertan esos momentos en el arenal en un tormento visual, ético y estético. Claro que siempre están los chiringuitos para mitigar tales incordios, muchos convertidos en la actualidad en auténticos templos de la gastronomía y el ocio, que parecen sacados de series yanquis ambientadas en Malibú.
Como no tengo claro que sigamos siendo un refugio climático a la vista de las olas de calor que se suceden, presumo que este asturianear se irá aproximando cada vez más a las formas meridionales, de modo que no descartemos ir teniendo que cambiar la montera por un sombrero de paja, las gaitas por maracas y las sidras en verbenas de prao por mojitos en parrandas pachangueras, convirtiendo a las formas clásicas de veranear aquí en verdaderas piezas de museo.
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